Llegaba al mundo el 14 de febrero de 1995, el día de San Valentín.
Pero recién al mes nos enteramos de que el hermano de Luly ya había nacido. Fue en ese momento que Pablo y yo fuimos a conocerlo. No pudimos elegirlo, ya que fue él quién nos eligió a nosotros como hacen los hijos con sus padres. Al tomarlo en mis brazos sentí que aquél angelito estaba muy flaco y lleno de pulgas, por eso decidimos quedarnos con él en ese mismo instante, con la condición de que nos lo entregaran ese mismo día, para asi poder tenerlo como él lo merecía.
Luly ya estaba preparado para el gran acontecimiento. Durante largo tiempo le habíamos hablado de lo divertido que sería compartir su vida con un hermano.
Sin embargo, no sabíamos cómo podría reaccionar, ya que nos habían dicho que podían pasar dos cosas absolutamente opuestas, podría aceptarlo desde un principio o rechazarlo totalmente.
Fuimos a buscar a Rudolf los tres. Ludovico estaba un poco nervioso, parecía que me hablaba, se quedó en el auto conmigo mientras Pablo terminaba de arreglar todo con la Sra. Puddles.
Pablo volvió al auto y yo bajé a buscar a Rudolf. Lo envolví en una toalla, y lo abracé contra mi cuerpo, subí al auto, no sabía que iba a pasar en ese momento. Nos miramos y sonreímos con complicidad. Desde el asiento trasero, Luly movía su rabo, trataba de abrir la toalla y ver qué había adentro. Una cabecita muy chiquita, con orejas largas y cara de susto se asomó como preguntando ¿y ahora qué pasa, quienes son? Rudolf parecía un Gremlin.
Luly lo vió, saltaba en el asiento trasero del auto dando vueltas en redondo y después se inclinó hacia adelante.
Fue el comienzo del amor entre los dos. Un amor tan puro y especial, que nadie en el mundo podría terminar; a pesar de que la vida los separó físicamente, sé que siguen estando juntos.
Salgo al jardín, miro el cielo lleno de estrellas. Ellos están en Fort Lauderdale, en casas separadas, yo en José Ignacio y sin embargo tengo la certeza de que nuestros corazones siguen unidos y me animaría a decir con total certeza que igual o aún más que antes, Máximo está a mi lado, se sienta sobre el pasto húmedo y me mira; sabe lo que siento y pienso y suspira.
Luly quería lamerlo, jugarle. Cuando llegamos a casa, me apuré en bajar al monito, quería llevarlo directamente adentro para darle un baño. Luly lloró detrás de la puerta mientras lo bañé, no sabía si por celos o porque quería ayudar.
Mientras tanto, Pablo en la cocina, preparaba los platos de comida para los dos, Luly vigilaba atento la puerta del baño y los movimientos de Pablo.
En realidad su mami estaba en el baño con otro, pero su papi estaba igual que todos los días.
Rudolf apenas tenía una pelusa opaca en lugar de pelo, estaba escuálido y las pulgas caían por cantidades. La fina lluvia del shampoo lo mojó por completo y siendo tan chiquito, yo tenía que hacer todo con mucha rapidez para que no se enfriara. Lo sequé rápidamente con una toalla y secador, y quedó pronto para empezar a conocer a su nueva familia.
Al bajarlo al piso del baño, Rudolf dejó su primer regalo, un charquito.
El monito parecía un bebe, llorón, quejoso y Luly tomó el papel de hermano mayor como era de esperarse en él.
Jugaban, lo guiaba, no dejaba que se acercara a cosas peligrosas, se acostaba muy cerca de él y lo miraba maravillado. El pequeño monito nos dió bastante trabajo, su comida debía ser preparada especialmente con las cantidades de cada cosa de acuerdo a sus necesidades, en cambio Luly comía ración. El monito comía y se inflaba como un pequeño globo.
La primera noche lo puse sobre una manta al costado de nuestra cama, pero extrañaba tanto a su madre que por supuesto terminó durmiendo con nosotros sobre mi pecho. Esa fue la única forma que conseguimos para que se tranquilizara y se durmiera, y también pudimos dormir nosotros.
Al estar sobre mí, supongo que por el latido de mi corazón se tranquilizaba. Pero se despertaba a cada rato y yo con él, para hacer sus pipis.
La primera semana de Rudolf en casa, yo dormía cuando él lo hacía y paseaba con él por la casa cuando se desvelaba. Poco a poco se fue acostumbrando a su nueva familia, su nuevo hogar, su vida. A los dos se les dio muchísimo amor, verdadero sentido de lo bueno y lo malo y ellos resultaron con los mejores sentimientos que algún animal puede tener, mejores incluso que muchos seres humanos.
Cuando estabamos al aire libre los dejábamos disfrutar de la naturaleza, los guiábamos por los senderos de la energía. Ellos vibraban como nosotros por el canto de un pájaro, la suave brisa del viento, el aroma de las flores, el ruido del mar o el sonido del mensajero de los vientos.
Cuando íbamos hacia Punta del Este, se dormían y a mitad de camino se despertaban y empezaban a mirar por la ventana del auto, al llegar a Punta Ballena tocaban los vidrios del auto para que los bajáramos y poder asomar sus cabezas por las ventanas. Siempre estuvieron con nosotros, en los mejores momentos y en los más difíciles. Siempre leales, fieles, inagotables. Lo que les tocó vivir fue maravilloso y también muy duro. Esas contradicciones que tiene la vida. ¡Cuánto daría por saber que estás bien y feliz! Sólo pude enterarme que la esposa del Agente Federal que te adoptó, iba a verte todos los días después de que te separaron de Luly y al ver lo triste que estabas decidió que fueras a vivir con ellos.
¡Que grande estarás! la última vez que estuviste con nosotros, tenías dos años, sin embargo seguías caminando como un cachorro, pienso que debido a la forma en que te educamos.
Mis ojos se llenan de lágrimas, quisiera poder abrazarte, te extraño.
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