viernes, 15 de julio de 2011

La separación de mi primer marido, 1988


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El fin de año de 1988 se acercaba, Punta del Este estaba en plena ebullición. Mucha gente, mayores, jóvenes, de todo. Muchas expectativas. Mi matrimonio no funcionaba pero eran muy pocos los que estaban al tanto. Muchas veces fingíamos que todo estaba bien especialmente cuando venía a casa Marcela, la hija de mi marido con su primera esposa. A Marcela yo la adoraba, a veces jugábamos como si tuviéramos la misma edad. Nunca pude olvidar un comentario malvado de un amigo de Javier, diciendo que Marcela era diabólica.
¿Cómo alguien puede decir algo tan espantoso de una niñita? En  fin, que esa persona lo tenga en su conciencia ya que no es asunto mío juzgar a nadie. Eso sí, espero que Dios ayude a gente como esa, y no quiero que gente de ese tipo esté cerca de mí.
Cerca de fin de año nos mudamos a un departamento en el edificio Península. Mi marido estaba cada vez más agresivo y yo me hundía en profunda angustia y depresión. Salía a pasear con Marcela y otras veces lo hacía sola. Veía la alegría de la gente, las caras sonrientes, las risas y me sentía como espectadora de la vida de otros, me sentía vacía y triste.
No me gusta la playa, sin embargo para no estar en casa pasaba horas sentada frente al mar. Sintiendo esa inmensidad, podía sentir sobre mi piel la caricia del aire marino, la tibieza del sol.
Ese fin de año lo pasamos en casa de unos amigos, ellos estaban al tanto de lo que sucedía con nuestra pareja, esa noche Teresita me dijo: hablále tiene que entender, no pueden seguir así. Una imagen de cuando era muy niña me vino a la cabeza, era una taza de porcelana de mi abuela, se había caído  y ella quería pegar el asa de  nuevo a la taza,  si bien hipotéticamente se podía hacer el resultado iba a ser desastroso, la taza no iba a ser la de antes, iba a ser una taza rota y pegada, y seguramente no duraría mucho tiempo sin que se rompiera nuevamente. 
La comparación me pareció un horror pero eso fue lo que sentí, algo ya se había quebrado y no tenía solución. Para escaparme de la realidad tomabaLexotan, algo sin sentido, ya que debía tomar una decisión, fuera cual fuera.
Pase lo que pase debemos afrontarlo, por más duro que sea, por más que duela y por supuesto superarlo, o por lo menos intentarlo. Nuestra relación no daba para más, estábamos parados al borde del precipicio. 
Alguna tarde de diciembre me había escapado hasta La Barra y me había encontrado con Pablo en casa de su socio Martín, en la parrillada El Puesto. A Martín yo lo conocía hacía algunos años, me parecía muy alocado pero buena gente. Estaba de novio con Silvia, una mujer que había sufrido mucho en la vida,  nuestros queridos amigos dirían “de la calle”.  Yo diría que había sido demasiado golpeada por la vida. Ella era muy alegre, divertida y siempre estaba de ánimo para hacer cualquier cosa. 
No sé si era por celos o qué pero se metía entre Pablo y Martín como una cuña, a veces llegué a pensar que en realidad Martín la usaba para así poder hacer lo que él quería cuando no estaban de acuerdo los dos en algo relacionado con el negocio. Lo que les digo aca, es realmente lo que yo sentia, y puede que fuera asi o que estuviera equivocada. 
Fueron muy pocas las veces que vi a Pablo ya que él estaba mucho en Montevideo por causa del Cambio. Pero fueron muchas las veces que tuve largas charlas con Silvia.
 
El 2 de enero era el cumpleaños de mi marido, salimos a comer con Marcela y su prima Milagros. No puedo recordar el motivo, pero fue por alguna tontería, Javier le gritó tanto a Marcela durante la comida y en el auto, que ella pidió que la lleváramos a dormir a su casa con su madre. Decididamente no quería pasar la noche en casa. Era chica, pero muy inteligente y sensible. Si bien le escondíamos lo que pasaba, ella sabía que algo no andaba bien. Desde la Punta a la parada 19 no dijo una sola palabra pero sus enormes ojos claros estaban llenos de lágrimas.
Yo estaba indignada, cuando la dejamos en su casa le grité tantas cosa s a Javier, estaba furiosa. No podía creer que le hubiera gritado a su propia hija con tanta bronca y le dije: si te pasa algo gritáme a mí, pero no a ella, no es justo.
Esa noche fue la última vez que la vi.
Meses después de habernos separado llamé a su madre y le pregunté si podía hablar con Marcela, me lo permitió y cuando estuvo al teléfono le dije que la extrañaba mucho y que me gustaría verla algún día. 
Su contestación me rompió el corazón, me dijo: Pato yo también te quiero pero me hace mucho mal, mejor no. Nunca más la oí, años más tarde me enteré por un sobrino que estaban estudiando en la misma Facultad y que está tan linda como siempre y creo que vive en Buenos Aires.
 
Esa noche nos fuimos a dormir sin hablarnos, yo estaba acostada sobre la cama mirando al techo, al poco rato me di cuenta de que él estaba profundamente dormido como si nada hubiera pasado. 
Seguía sobre la cama con el vestido azul que había usado esa noche, no sé que me pasó. Salté de la cama y me miré al espejo, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Y me fui.

La noche estaba cálida, las calles estaban llenas de gente, serían alrededor de las 3 a.m.
Fui al estacionamiento, me subí al auto y me fui a La Barra. Sabía que Pablo debía estar por ahí, ya que era un lunes.  Di algunas vueltas, pasé por El Puesto, por la ruta y doblé hacia La Posta del Cangrejo.
Había muchos autos bajando por esa calle, iba muy despacio, miré hacia Robinson, estaba oscuro, apenas iluminado con velas, pero me pareció ver la figura de un hombre que conocía muy bien. 

Estacioné algunos metros más adelante y fui hasta ahí. Solange y Pepe atendían su Pub. Pablo estaba sentado en la barra de espaldas a la calle y cuando me le acerqué se sorprendió.  Me miró y a pesar de que la luz era muy tenue pudo ver mis ojos llenos de lágrimas, no dijo una palabra y me abrazó dulcemente. Con tanto amor, tanta ternura.

Estuvimos horas conversando, caminamos por Bikini y vimos el amanecer juntos, antes de volver al auto me tomó las manos y me miró, yo lo miré un poco tímidamente y le pregunté, ¿acaso vos sentís por mí lo mismo que yo siento?

Me abrazó, luego me miró fijamente y me dijo muy firmemente; vos estás casada, podés separarte y hasta divorciarte y puede ser que después que hagas todo eso yo te diga que no estoy enamorado porque realmente ahora no lo sé, sólo el tiempo lo dirá.

Con aquellas palabras me desafió. Llegó el momento, ¿ lo tomo o lo dejo? Estaba en mí una decisión que cambiaría mi vida por completo y para siempre y por supuesto la tomé.
 
A la mañana siguiente fui a ver a mi médico, la única forma de que Javier no me amenazara era pedirle unas vacaciones por razones médicas. Tenía que estar lejos de los dos para poder ver con claridad. 
Estaba muy nerviosa y llevaba meses tomando tranquilizantes para evadirme de la realidad. Javier me decía todo el tiempo que si lo dejaba me mataría y yo no sabía ni dónde estaba parada.
 
Esa tarde me fui con mis padres a pasar unos días a Cabo Polonio, ahí no había teléfono y él no tenía forma de ubicarme. Los primeros días estuve un poco triste, pero poco a poco mi ánimo fue cambiando, mejoraba.
No podía dejar de pensar en Pablo, me sentía liberada de haber podido tomar la decisión de alejarme. 
Por la mañana al despertarme experimentaba una sensación de paz y libertad que hacía mucho no sentía. 
Salía a caminar por la playa hacia el OE, caminaba con los pies dentro del agua a pesar de que estaba muy fría, tanto que parecía que miles de alfileres se te clavaran en los tobillos.
Miraba el cielo, el océano, respiraba el aire cargado de yodo y sal. Los días fueron pasando casi sin que me diera cuenta de que hacía más de un a semana que estaba allí.

Una tarde entré a mi dormitorio, miré sobre la mesa de luz y vi con gran asombro que desde que había llegado ahí, no había tomado más Lexotan.
En ese momento supe que había tomado la  decisión correcta.
Dos semanas más tarde volví a Punta del Este.
Fui al departamento que teníamos alquilado a buscar un poco de ropa, estaba nerviosa y asustada ya que podía ponerse muy agresivo. No quería cruzarme con Javier, pero sabía que él podía llegar en cualquier momento. 
La puerta del departamento se abrió y quedé temblando, imperturbable me preguntó, ¿qué hacés?
Le dije que todo había terminado, que no tenía sentido hablar, me iba.

Me pidió que habláramos, que no me fuera, pero ahí ya estaba sobresaltado, lo cual me inquietó bastante. 
Sólo unas pocas palabras me salieron y con voz muy temblorosa le dije, ¡hace más de un año que trato de hablarte!
Seguí tirando ropa en una valija mientras él caminaba de un lado al otro. En el living me tomó de un brazo por detrás y con la otra mano me sujetó el cuello. Quedé inmovilizada, apenas pude susurrar pidiendo que me soltara, pensé que me mataba. Me soltó bruscamente y me tiró algo que tenía en su mano por la cabeza. Se fue dando un portazo. Me apresuré y llamé un taxi para así poder irme lo más rápidamente posible.  Me fui hacia la casa de Silvia y Martín en La Barra. En la ruta nos dimos cuenta de que nos estaba siguiendo, y siguió así hasta la puerta de la casa. El taxi estacionó en el jardín y mi marido enfrente.
 
Yo bajé las valijas a la casa y le pedí al chofer del taxi que esperara un rato. Como a los 20 minutos Javier seguía estacionado en el mismo lugar. Silvia salió de la casa y le pidió que por favor se fuera. Ella estaba un poco nerviosa, yo no quería que se preocupara porque estaba embarazada. Salí y le pedí al chofer que me llevara a la Comisaría.
Para Javier coleccionar armas y disparar era su otra pasión y yo tuve miedo que estuviera armado e hiciera una locura. 
Los dos salimos rápidamente y conociéndome, debió imaginar hacia dónde iba ya que cuando llegamos él ya estaba adentro hablando con el Comisario. Yo pasé y pedí hacer la denuncia correspondiente. 
Siempre me había amenazado; si algún día me dejás, ¡te mato! Fue el Fin de una etapa y el comienzo de una nueva vida.

Yo empecé a llevar una vida más tranquila, salíamos a comer a El Puesto y a dar alguna vuelta por La Barra. Eran lindas noches de verano y varias veces estando en el jardín de El Puesto vi pasar a Javier en su auto; seguía vigilándome.
 
Pedí en la Comisaría que le hablaran, y me dijeron que me quedara tranquila, que él no podía acercarse a mí.

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