viernes, 15 de julio de 2011

La separación de mi primer marido, 1988


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El fin de año de 1988 se acercaba, Punta del Este estaba en plena ebullición. Mucha gente, mayores, jóvenes, de todo. Muchas expectativas. Mi matrimonio no funcionaba pero eran muy pocos los que estaban al tanto. Muchas veces fingíamos que todo estaba bien especialmente cuando venía a casa Marcela, la hija de mi marido con su primera esposa. A Marcela yo la adoraba, a veces jugábamos como si tuviéramos la misma edad. Nunca pude olvidar un comentario malvado de un amigo de Javier, diciendo que Marcela era diabólica.
¿Cómo alguien puede decir algo tan espantoso de una niñita? En  fin, que esa persona lo tenga en su conciencia ya que no es asunto mío juzgar a nadie. Eso sí, espero que Dios ayude a gente como esa, y no quiero que gente de ese tipo esté cerca de mí.
Cerca de fin de año nos mudamos a un departamento en el edificio Península. Mi marido estaba cada vez más agresivo y yo me hundía en profunda angustia y depresión. Salía a pasear con Marcela y otras veces lo hacía sola. Veía la alegría de la gente, las caras sonrientes, las risas y me sentía como espectadora de la vida de otros, me sentía vacía y triste.
No me gusta la playa, sin embargo para no estar en casa pasaba horas sentada frente al mar. Sintiendo esa inmensidad, podía sentir sobre mi piel la caricia del aire marino, la tibieza del sol.
Ese fin de año lo pasamos en casa de unos amigos, ellos estaban al tanto de lo que sucedía con nuestra pareja, esa noche Teresita me dijo: hablále tiene que entender, no pueden seguir así. Una imagen de cuando era muy niña me vino a la cabeza, era una taza de porcelana de mi abuela, se había caído  y ella quería pegar el asa de  nuevo a la taza,  si bien hipotéticamente se podía hacer el resultado iba a ser desastroso, la taza no iba a ser la de antes, iba a ser una taza rota y pegada, y seguramente no duraría mucho tiempo sin que se rompiera nuevamente. 
La comparación me pareció un horror pero eso fue lo que sentí, algo ya se había quebrado y no tenía solución. Para escaparme de la realidad tomabaLexotan, algo sin sentido, ya que debía tomar una decisión, fuera cual fuera.
Pase lo que pase debemos afrontarlo, por más duro que sea, por más que duela y por supuesto superarlo, o por lo menos intentarlo. Nuestra relación no daba para más, estábamos parados al borde del precipicio. 
Alguna tarde de diciembre me había escapado hasta La Barra y me había encontrado con Pablo en casa de su socio Martín, en la parrillada El Puesto. A Martín yo lo conocía hacía algunos años, me parecía muy alocado pero buena gente. Estaba de novio con Silvia, una mujer que había sufrido mucho en la vida,  nuestros queridos amigos dirían “de la calle”.  Yo diría que había sido demasiado golpeada por la vida. Ella era muy alegre, divertida y siempre estaba de ánimo para hacer cualquier cosa. 
No sé si era por celos o qué pero se metía entre Pablo y Martín como una cuña, a veces llegué a pensar que en realidad Martín la usaba para así poder hacer lo que él quería cuando no estaban de acuerdo los dos en algo relacionado con el negocio. Lo que les digo aca, es realmente lo que yo sentia, y puede que fuera asi o que estuviera equivocada. 
Fueron muy pocas las veces que vi a Pablo ya que él estaba mucho en Montevideo por causa del Cambio. Pero fueron muchas las veces que tuve largas charlas con Silvia.
 
El 2 de enero era el cumpleaños de mi marido, salimos a comer con Marcela y su prima Milagros. No puedo recordar el motivo, pero fue por alguna tontería, Javier le gritó tanto a Marcela durante la comida y en el auto, que ella pidió que la lleváramos a dormir a su casa con su madre. Decididamente no quería pasar la noche en casa. Era chica, pero muy inteligente y sensible. Si bien le escondíamos lo que pasaba, ella sabía que algo no andaba bien. Desde la Punta a la parada 19 no dijo una sola palabra pero sus enormes ojos claros estaban llenos de lágrimas.
Yo estaba indignada, cuando la dejamos en su casa le grité tantas cosa s a Javier, estaba furiosa. No podía creer que le hubiera gritado a su propia hija con tanta bronca y le dije: si te pasa algo gritáme a mí, pero no a ella, no es justo.
Esa noche fue la última vez que la vi.
Meses después de habernos separado llamé a su madre y le pregunté si podía hablar con Marcela, me lo permitió y cuando estuvo al teléfono le dije que la extrañaba mucho y que me gustaría verla algún día. 
Su contestación me rompió el corazón, me dijo: Pato yo también te quiero pero me hace mucho mal, mejor no. Nunca más la oí, años más tarde me enteré por un sobrino que estaban estudiando en la misma Facultad y que está tan linda como siempre y creo que vive en Buenos Aires.
 
Esa noche nos fuimos a dormir sin hablarnos, yo estaba acostada sobre la cama mirando al techo, al poco rato me di cuenta de que él estaba profundamente dormido como si nada hubiera pasado. 
Seguía sobre la cama con el vestido azul que había usado esa noche, no sé que me pasó. Salté de la cama y me miré al espejo, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Y me fui.

La noche estaba cálida, las calles estaban llenas de gente, serían alrededor de las 3 a.m.
Fui al estacionamiento, me subí al auto y me fui a La Barra. Sabía que Pablo debía estar por ahí, ya que era un lunes.  Di algunas vueltas, pasé por El Puesto, por la ruta y doblé hacia La Posta del Cangrejo.
Había muchos autos bajando por esa calle, iba muy despacio, miré hacia Robinson, estaba oscuro, apenas iluminado con velas, pero me pareció ver la figura de un hombre que conocía muy bien. 

Estacioné algunos metros más adelante y fui hasta ahí. Solange y Pepe atendían su Pub. Pablo estaba sentado en la barra de espaldas a la calle y cuando me le acerqué se sorprendió.  Me miró y a pesar de que la luz era muy tenue pudo ver mis ojos llenos de lágrimas, no dijo una palabra y me abrazó dulcemente. Con tanto amor, tanta ternura.

Estuvimos horas conversando, caminamos por Bikini y vimos el amanecer juntos, antes de volver al auto me tomó las manos y me miró, yo lo miré un poco tímidamente y le pregunté, ¿acaso vos sentís por mí lo mismo que yo siento?

Me abrazó, luego me miró fijamente y me dijo muy firmemente; vos estás casada, podés separarte y hasta divorciarte y puede ser que después que hagas todo eso yo te diga que no estoy enamorado porque realmente ahora no lo sé, sólo el tiempo lo dirá.

Con aquellas palabras me desafió. Llegó el momento, ¿ lo tomo o lo dejo? Estaba en mí una decisión que cambiaría mi vida por completo y para siempre y por supuesto la tomé.
 
A la mañana siguiente fui a ver a mi médico, la única forma de que Javier no me amenazara era pedirle unas vacaciones por razones médicas. Tenía que estar lejos de los dos para poder ver con claridad. 
Estaba muy nerviosa y llevaba meses tomando tranquilizantes para evadirme de la realidad. Javier me decía todo el tiempo que si lo dejaba me mataría y yo no sabía ni dónde estaba parada.
 
Esa tarde me fui con mis padres a pasar unos días a Cabo Polonio, ahí no había teléfono y él no tenía forma de ubicarme. Los primeros días estuve un poco triste, pero poco a poco mi ánimo fue cambiando, mejoraba.
No podía dejar de pensar en Pablo, me sentía liberada de haber podido tomar la decisión de alejarme. 
Por la mañana al despertarme experimentaba una sensación de paz y libertad que hacía mucho no sentía. 
Salía a caminar por la playa hacia el OE, caminaba con los pies dentro del agua a pesar de que estaba muy fría, tanto que parecía que miles de alfileres se te clavaran en los tobillos.
Miraba el cielo, el océano, respiraba el aire cargado de yodo y sal. Los días fueron pasando casi sin que me diera cuenta de que hacía más de un a semana que estaba allí.

Una tarde entré a mi dormitorio, miré sobre la mesa de luz y vi con gran asombro que desde que había llegado ahí, no había tomado más Lexotan.
En ese momento supe que había tomado la  decisión correcta.
Dos semanas más tarde volví a Punta del Este.
Fui al departamento que teníamos alquilado a buscar un poco de ropa, estaba nerviosa y asustada ya que podía ponerse muy agresivo. No quería cruzarme con Javier, pero sabía que él podía llegar en cualquier momento. 
La puerta del departamento se abrió y quedé temblando, imperturbable me preguntó, ¿qué hacés?
Le dije que todo había terminado, que no tenía sentido hablar, me iba.

Me pidió que habláramos, que no me fuera, pero ahí ya estaba sobresaltado, lo cual me inquietó bastante. 
Sólo unas pocas palabras me salieron y con voz muy temblorosa le dije, ¡hace más de un año que trato de hablarte!
Seguí tirando ropa en una valija mientras él caminaba de un lado al otro. En el living me tomó de un brazo por detrás y con la otra mano me sujetó el cuello. Quedé inmovilizada, apenas pude susurrar pidiendo que me soltara, pensé que me mataba. Me soltó bruscamente y me tiró algo que tenía en su mano por la cabeza. Se fue dando un portazo. Me apresuré y llamé un taxi para así poder irme lo más rápidamente posible.  Me fui hacia la casa de Silvia y Martín en La Barra. En la ruta nos dimos cuenta de que nos estaba siguiendo, y siguió así hasta la puerta de la casa. El taxi estacionó en el jardín y mi marido enfrente.
 
Yo bajé las valijas a la casa y le pedí al chofer del taxi que esperara un rato. Como a los 20 minutos Javier seguía estacionado en el mismo lugar. Silvia salió de la casa y le pidió que por favor se fuera. Ella estaba un poco nerviosa, yo no quería que se preocupara porque estaba embarazada. Salí y le pedí al chofer que me llevara a la Comisaría.
Para Javier coleccionar armas y disparar era su otra pasión y yo tuve miedo que estuviera armado e hiciera una locura. 
Los dos salimos rápidamente y conociéndome, debió imaginar hacia dónde iba ya que cuando llegamos él ya estaba adentro hablando con el Comisario. Yo pasé y pedí hacer la denuncia correspondiente. 
Siempre me había amenazado; si algún día me dejás, ¡te mato! Fue el Fin de una etapa y el comienzo de una nueva vida.

Yo empecé a llevar una vida más tranquila, salíamos a comer a El Puesto y a dar alguna vuelta por La Barra. Eran lindas noches de verano y varias veces estando en el jardín de El Puesto vi pasar a Javier en su auto; seguía vigilándome.
 
Pedí en la Comisaría que le hablaran, y me dijeron que me quedara tranquila, que él no podía acercarse a mí.

El Amor (con letras mayusculas)


Para mí siempre fue algo mucho más profundo de lo que muchos piensan.
Para algunos  el amor es tener una familia, amigos, una pareja. Pero para mí, el amor está en todo lo que nos rodea. 
Como dice en  Biblia, en la primera carta de Corintios, 13 v. 4; 
El amor es: el amor es paciente, es bondadoso. 
El amor no es envidioso, ni jactancioso ni orgulloso. 
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. 
El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 

Lamentablemente y debido al apuro que llevamos en esta vida,  muchas veces  nos pasan momentos de amor por delante. La mayoría de las veces esto sucede tan rápido que ni siquiera tenemos la oportunidad de darnos cuenta de que están ahí para poder aprovecharlos y no dejarlos escapar, en segundos los perdemos y lo peor es que ya nunca más podremos recuperarlos.
Podremos tener otros, quizás muchos más, pero si no estamos atentos pasarán de nuevo tan velozmente como estrellas fugaces.
Desde muy joven y como ya les he comentado, me maravillé por la vida misma y sus sensaciones. Salí bastante, pude comparar y desde muy temprano supe que había gente especial y de la otra.
Gente que vive la vida plenamente y gente que vive la vida, por decirlo de alguna manera. Se levantan, trabajan, comen, se relacionan, opinan sobre los demás, pero y ¿qué más? ¿Qué otras cosas llenan sus vidas? ¿Qué hay de su espiritualidad, acaso la tienen, la sienten, o simplemente se olvidaron de que existe? ¿Qué hay de ese amor tan puro que comenzamos a sentir en el mismo momento en que llegamos a este mundo? No, no tienen nada más para dar ni recibir. Sin embargo parecen felices o hasta puede ser que lo sean, a mí personalmente me parecen que son personas muy simples, vacías y egoístas. Disfrutan de lo que tienen, pero no lo comparten.
No tenemos más remedio que vivir entre todos, pero realmente me gusta la gente especial,  sensible, la que vibra,  ¡Gente Viva!
Puedo decirles que me emocioné  por cosas que otros no están enterados ni de que existen, tuve y tengo una vida plena de sensaciones y lo más importante, de amor.
En la vida de una persona hay miles de momentos que son muy ricos en emociones; pero como me resultaría imposible contarles todos, les voy a contar los que más me hicieron vivir, sentir, vibrar, amar y sufrir.
Cuando tenía alrededor de  20 años, trabajaba como secretaria en una Empresa Pesquera en la Ciudad Vieja. Mis mediodías eran bastante aburridos y por eso empecé a ir a almorzar a un lindo lugar llamado Tienda Bar. Tenía una típica barra estilo americano de los años 60 y  mucho metal y espejos detrás de las botellas cosa que hacía que  todo brillara como el mismo sol. Ahí me sentaba en la barra, muy cerca de la puerta y pedía algo liviano. Iba casi todos los días y me llamaba mucho la atención un hombre que casi siempre se sentaba solo al igual que yo.
Claro,  había una gran diferencia entre nosotros dos; era mucha la gente que entraba y al verlo lo saludaba y  luego seguían su camino. Yo en cambio siempre fui más solitaria, individualista. Día tras día yo lo observaba, no sé si fue amor a primera vista, pero yo sentía una especial atracción por él. Algo que sigo sintiendo con igual o más intensidad hasta el día de hoy.
A pesar de que  traté, no conseguí saber quién era. No lo conocía de mi grupo de amistades.
¿De dónde habría salido, sería de este planeta?
Pasaron los días, él llegaba rigurosamente a la misma hora;  se veía que era ordenado, su ropa siempre estaba impecable y no podría saber que edad tenía.
Pero eso sí, había algo que estaba  muy claro y era que realmente me gustaba y mucho; me fascinaba. Varias veces traté de cruzar mi mirada con la suya, sin tener resultado.
Yo iba a almorzar ahí,  por él y sin embargo él no tenía ni idea de mi existencia. Un día, una amiga llegó a tomar algo conmigo, le comenté que hacía varias semanas que estaba viniendo todos los mediodías y que creía estar enamorada de alguien que no conocía. No se interesó mucho en lo que le decía, en realidad sonaba absurdo; me miró como diciendo ¿de qué me habla?; se disculpó, se levantó y me dijo que iba a saludar a un amigo suyo que estaba almorzando en la barra. Seguí comiendo sin darme cuenta de que Inés estaba parada hablando con aquel incógnito hombre, mi sorpresa fue tal que quedé paralizada, no pude probar bocado y esperé a que ella volviera. Cuando volvió le pregunte,   ¿ Inés, en realidad escuchaste  lo que te dije? por supuesto, me contestó.
Le dije con voz muy firme; pero es que vos acabás de estar hablando con él. Inés no lo podía creer, me dijo: es Pablo, un amigo muy querido. Inmediatamente le pedí que me lo presentara.
Recuerdo que nos acercamos a él con alguna ridícula excusa propia de la edad, ella muy sutilmente aprovechó para preguntarle si me conocía y así poder presentarnos. Su mirada para mí resultó fulminante,  me dijo hola con total cortesía, ni me vio y siguió con su almuerzo.
Las piernas me temblaban y tuve que pasar al baño para mojarme la cara y tratar de que el color colorado  de mi cara se fuera.
Al rato salí y ya no estaba, no podía creerlo, ni me había visto. Mi frustración fue total, me gastaba casi todo mi sueldo en ir a almorzar ahí para verlo, y había estado a centímetros de él,
había sentido su perfume tan de cerca que nunca más olvidaría que era Monsieur Rochas, pero él ni siquiera me había visto. ¡Qué desilusión!
Al poco tiempo me fui a Buenos Aires por unas semanas, pero su cara me quedó grabada, sus movimientos, su caminar.
No era ni fue fácil de olvidar; es más nunca lo olvidé.
Pocos meses después, muy cerca del verano fui invitada por C. P. a un asado en Punta Ballena. Fuimos un grupo grande de amigos. Era un espléndido día de octubre, soplaba un poco de viento, pero nada que pudiera arruinar la vista de aquel lugar paradisíaco.
Cuando llegué estuve paseando por algunos de los caminos al aire libre de la casa, maravillada mirando el azul del océano y el cielo, el cantar de los pájaros, el perfume de las pocas flores que nacen en esos lugares rocosos. Luego estuve un rato adentro, la estufa estaba prendida en un rincón formando un pequeño y cálido lugar donde poder estar;  afuera  estaban preparando un asado en una parrilla que quedaba en una de las terrazas frente al mar. Había varios grupos  conversando, yo caminaba sola si bien conocía a casi todos.
Me acerqué al fuego de la parrilla;  podía  escuchar el sonido de las olas rompiendo contra las rocas al pie de donde estaba mezclado con el del rock and roll de la música, había alguien parado ahí pero solo podía ver su espalda, creo que tenía un vaso de whisky en la mano. Percibí un perfume que me resultaba muy conocido y a la vez me recordaba a alguien, giró un poco hacia mí y casi sin mirarme me ofreció algo para tomar, acepté pero le aclaré que sólo tomaba champagne, caminó hacia la improvisada  barra y sirvió algo; yo seguía sin poder verlo de frente, alguien lo llamó “Pablito” ¿como estás? inmediatamente giró sobre sí mismo.  Cuando se dio vuelta quedé paralizada, era él, era Pablo.
¿Pablo cuánto? Ni siquiera sabía su apellido. Venía caminando hacia mí con una gran copa de champagne en su mano. Veía que se me acercaba y a pesar de que estaba muy cerca me parecía que todo iba en camara lenta, una corriente me subía y bajaba por todo el cuerpo. Por fin lo tuve enfrente, extendió su mano y me preguntó,
¿ así está bien o te gusta con hielo? No recuerdo que dije, apenas me salía la voz entrecortada, me sentía como una tonta de cinco años.
Me sonrió y fue  peor ya que mis piernas empezaron a temblar, lo notó y me preguntó si estaba con frío, un papelón. Se sonrió como cómplice y empezó a caminar hacia uno de los senderos que daban al mar. 
Yo, sin decir palabra alguna caminé a su lado, nos paramos y estuvimos varios minutos mirando el impresionante atardecer, parados en lo alto de las rocas de Punta Ballena, con toda la inmensidad del océano para nosotros dos.
En ese momento comenzó el amor más grande de mi vida, el que me mantiene viva hasta el día de hoy.
La fiesta duró hasta tarde, a eso de las 11,30 p.m. nos fuimos a bailar a una disco, quedaba en el Cantegril Country Club. El lugar estaba lleno de gente y de humo, la música era ensordecedora. Pablo estaba parado cerca de la barra y yo muy próxima a él. De repente un desconocido se me acercó y me invitó a  bailar, yo no contesté y casi sin darme cuenta sentí que alguien me tomaba del brazo y me llevaba con él, era Pablo. Bailamos hasta el amanecer.
Pablo no hablaba mucho, pero todo lo que ha dicho en su vida fue y es muy profundo y además es una de las personas con más espiritualidad que conozco.
Salimos en su auto rumbo a Punta Ballena, puedo recordarlo como si fuera ayer, hacia frío y me dió su campera de cuero para que me abrigara, estaba impregnada con su perfume, Polo de Ralph Lauren.  Al llegar bajamos las escaleras de la entrada, me tomó de la mano y yo lo seguí. Caminamos por muchos lugares; se sentía la emanación salada de la roca húmeda;  el aroma de la arcilla cruda que daría vida a alguna vasija; el penetrante vaho de la pintura al óleo. Atravesamos estudios, cuartos, talleres de C. P. V.
Parecía un laberinto, pasábamos por corredores, subíamos y bajábamos escaleras, era interminable. Por fin entramos por una especie de corredor angosto y de techo bajo, parecía una caverna, había poca luz pero al final del mismo llegamos a un lugar único, alucinante. Era su cuarto. Era redondo, con techos muy bajos y parecía la tienda de un jeque árabe. Ahí pasé la noche más maravillosa e inolvidable que una mujer pueda tener con el amor de su vida. De esa noche ya pasaron mas de veinte años.
Lo más increíble fue que Pablo me cambió la vida, y sin embargo yo recién entré realmente en la suya muchos años mas tarde, recién en el año 1989.
Desde ese momento nos veíamos muy esporádicamente y si bien yo salía con otros amigos, el único hombre para mí siempre fue y será él.
La vida nos llevó por distintos caminos, en marzo de 1985 yo me casé. El en cambio siguió soltero por algunos años más, y  cuando se casó lo hizo conmigo.
Llevó una vida llena de emociones; viajes, fiestas, dinero y poder.
Cuántas cosas extrañas tiene la vida, a veces te separa y  de la misma forma  y sin siquiera darte la oportunidad a que tomes conciencia de lo que está  sucediendo, te vuelve a unir.
En octubre de 1983 nos encontramos nuevamente. Fue por casualidad, el destino, no lo sé.  Pero lo que habíamos vivido, si bien había sido algo muy corto, todavía seguía ardiendo como la primera vez. Pero ahora nuestras vidas eran diferentes, yo estaba casada, él soltero.
Por mi trabajo yo debía ir casi todas las semanas a Buenos Aires y cuando podía me hacía una escapada para verlo en su casa de Carrasco, la misma en la cual viviríamos años mas tarde después de casarnos. Muchas veces llegué y no lo pude ver, pero en cambio me quedaba un rato conversando con su querida madre Laura.
Casi siempre me recibía en su dormitorio, recostada en su cama, y puedo recordar que su sueño era que su querido hijo Pablo, se casara con una estanciera.
Yo no sabía si estaba enferma o si simplemente le gustaba recostarse temprano; más adelante y al estar cada vez más en contacto con Pablo y sus amigos, me fui enterando de que lo que la tenía atormentada de esa manera, era la gran tristeza que la quebraba al saber el odio que sentía  su hijo mayor, Raúl  y su nuera Beatriz contra Pablo y hasta contra ella misma.
No tuve la felicidad de ser madre, pero cuando amigos y familiares de Pablo me dijeron  que Laura murió de tristeza, le rompieron el corazon; me estaban diciendo la verdad más cruel que le puede tocar vivir a alguien. Laura era  hija de italianos, tuvo tres hermanos, Pepe, Aquilina y Amelia Paulina; tiernamente llamada Memé por todos sus sobrinos. Al poco tiempo de haber nacido, su madre falleció y una tía de nombre Ana María vino desde Italia  para hacerse cargo de los cuatro.
La tía Ana María parecía un ángel, tenía el pelo largo hasta la cintura y usaba moño. Se ocupó de sus sobrinos como si fuera su propia madre. Pablo, por ser el hijo más chico y tener una diferencia de trece años con su hermano mayor, debió ocuparse de sus padres cuando éstos enfermaron y fallecieron. Enterró a su padre siendo muy joven, apenas tenía veinticuatro años y después a su querida madre, el 7 de febrero de 1985. Por último a su querida tía Memé; su segunda madre.
Desde muy joven debió luchar por lo que por ley le correspondía, su herencia. Debió luchar contra su cuñada Beatriz  y también contra un hermano que por ser mayor se consideraba dueño de todo.
A pesar de todos los problemas que tenían y de que Pablo tuvo que luchar hasta el último momento por su dinero de las Casas de Cambio; a pesar de eso siempre vivió bien con su dinero y en el momento en que le vendió su parte a Raúl, éste le pagó casi todo, en realidad habría que decir que todo, ya que lo que no le pagó fue un porcentaje mínimo. Tuvieron muchas peleas y siempre el tema fue el mismo, el dinero; como en muchas familias. Pero hasta en los peores momentos su sobrina Gabriela siempre estuvo presente.
En realidad yo no me preocupaba por las pocas cosas que me contaba sobre su negocio. Yo disfrutaba estando con él, conversando sobre miles de temas, la espiritualidad,  la vida.
 
A principios de 1988, mi matrimonio iba cada vez peor. Fue entonces cuando empezaron a pasarme cosas extraordinarias, mágicas. Como ya lo dije siempre fui muy sensible.
En ese momento mi marido y yo estabamos viviendo en una casa ubicada enfrente a la iglesia de La Candelaria, en plena península de Punta del Este. Yo trataba de pasar la mayor parte del tiempo pintando marinas, playas y gaviotas y el resto meditando. 
Muchas veces cruzaba a la Iglesia y me arrodillaba  en el altar, enfrente al Cristo; podía pasar horas ahí sin darme cuenta del tiempo transcurrido, estaba allí sentada, absorbiendo toda la energía y la pureza del Señor. Fueron muchas las veces  que le pedí ayuda, una señal. Y lamento muchísimo  haber tenido una familia con un  padre ateo y una madre que solamente se preocupaba por su hija mayor.  Nunca tuve el apoyo de una familia normal y por iniciativa propia decidí tomar clases de catequesis y a los 13 años tomé mi primera Comunión.
Nuestra relación iba cada vez peor, estaba pasando mal, no sabía qué hacer.
Una tarde casi al atardecer estaba sentada frente al Altar, me sentía muy mal, triste, agobiada por los problemas, no sé qué fue lo que pasó, sentí que algo  bueno estaba por llegar, cerré mis ojos y respiré profundamente y de repente sentí que algo me cubría, algo inmenso, único y tuve miedo. Siempre ante una situación desconocida lo primero que nos pasa es eso,  nuestra propia ignorancia hace que sintamos miedo.  Pero ese miedo duró apenas unos segundos, seguí sintiendo como si un manto me cubriera, era tibio, suave, dulce y una gran paz interior me llenó por completo. Abrí mis ojos y miré al Cristo, su cara había cambiado, resplandecía, y un brillo muy tenue lo rodeaba por completo. Entonces supe que algo ya estaba  cambiando.
La mayoría de las veces, los cambios no suceden como nosotros los esperamos ni cuando los deseamos. El tiempo de Dios no es igual al nuestro y es mejor saberlo y aceptarlo si es que estamos realmente convencidos de que es él, el único quien guía nuestras vidas.
Entonces empezaron a sucederme cosas cada vez más y más a menudo, algunos pueden decir que eran casualidades, pero la mayoría de lo sucedido no tuvo ni tiene una explicación lógica.
No sé por qué empecé a notar que había más gaviotas que nunca volando alrededor de casa,  muchas veces se paraban en la baranda de la terraza de mi dormitorio. Comencé a pintarlas en mis cuadros.
Fueron muchas las  veces que estaba mal en casa, incómoda, especialmente cuando mi marido llegaba, entonces me subía al auto y salía sin rumbo. Mi mente se nublaba y de repente me encontraba en un lugar sin siquiera saber como había llegado hasta ahí.
Pensaba en Pablo, como si estuviera por verlo, sentía que estaba cerca, pero esa mente racionalizada que todos tenemos me decía es imposible; ¡que venga en pleno invierno con un temporal como éste¡, pensándolo lógicamente tenía sentido! Su trabajo estaba en Montevideo y no había razón alguna para que estuviera en Punta del Este. Pero a pesar de todos los pensamientos lógicos,  sucedía lo ilógico.
Los encuentros de ese tipo fueron cada vez más y más frecuentes. Sin desearlo ni pensarlo, y sin buscarlo, la vida siempre me llevaba hacia él. Paralelamente mi matrimonio iba cada vez peor, la forma de ver las cosas de la vida desde puntos de vista totalmente opuestos hacía que nuestra relación se fuera volviendo cada vez mas fría. Yo me volqué cada vez más a la pintura y a mí misma. Sabía que debía hablar con mi marido, pero cada vez que lo intentaba fallaba. Me sentía como si le hablara a  una pared. No quería herirlo, pero de alguna forma tenía la certeza que si seguíamos juntos la más lastimada iba a ser yo. Cada día que pasaba él se retraía más y más. Llegaba dando ordenes, tenía grandes cambios de humor y lo peor de todo, en lugar de buscar soluciones se dedicaba a destruir todo con sus palabras, y se convencía a sí mismo de que todo estaba bien.
Recuerdo con mucha tristeza los ácidos comentarios que hacía sobre mis amigas Cecilia, Martita y Ana Inés. En ese tiempo las tres estaban solteras. Ahora están felizmente casadas.  ¿De qué dudaba? No puedo olvidar comentarios como, “las únicas mujeres santas y puras son: mis hermanas y mi madre” ¿Y las demás? , las mujeres de nuestros amigos, las conocidas, ¿ y yo?
Con el pasar de los años, sólo puedo imaginarme que debía estar muy dolorido, resentido.
Había algo que yo no soportaba y era su adicción por el juego. Cuando iba al Casino jugaba muy fuerte, y muchas veces el dinero que habíamos logrado ganar a lo largo de un año se le iba de las manos en segundos. Por eso yo lo juzgaba e hice mal, ya que no me di cuenta de que estaba enfermo, muy enfermo. Debí ayudarlo y no supe cómo, en lugar de eso, teníamos grandes peleas por ese motivo y las mismas nunca nos llevaron a ninguna solución.
Con el pasar de los días, nuestro matrimonio se derrumbaba. Por aquel entonces debí consultar a un médico ya que debido a un accidente sufrido en el año 1987 tenía fuertes dolores en las cervicales. Después de ese accidente, y durante varios años debí tomar grandes dosis de Lexotan y a pesar de que ya habían pasado más de 2 años del accidente mi adicción a esa droga seguía latente, nunca sabré si la situación me llevaba a seguir tomando lexotan o si esa droga me hacía sentir y ver todo lo que me pasaba como algo más grande e intenso de lo que realmente era. Estaba tan angustiada que lloraba gran parte del día. Puedo ver su cara en el almuerzo, los dos sentados en una mesa larga, sin cruzar palabras. A mitad de año intenté separarme, pero lamentablemente en menos de 2 semanas volví con él. Me esforcé para que nuestra relación mejorara, pero fue en vano. Él y su ego no lo permitieron.
Desde ese momento comenzamos a vivir como extraños bajo un mismo techo.
Cuando iba a Montevideo aprovechaba la oportunidad para ver a Pablo en su negocio. A veces él podía salir un rato e íbamos a tomar un café al Bar enfrente al Teatro Solís. Yo lo escuchaba hablar y la cara se me iluminaba, me llenaba de felicidad, igual que hasta el día de hoy.
Quiero ubicarlos en el tiempo, y hoy es 23 de diciembre del año 2000.
Pensarán, cuánto hace que se conocieron y todavía siguen sintiendo lo mismo. En realidad es así; juntos, pasamos muchas cosas buenas y malas y esa realidad, esa vivencia, esa unión y ese amor se fortalecieron mucho más. Hoy puedo decir que nuestros sentimientos y nuestra unión son más intensos. A veces con sólo mirarnos sabemos lo que el otro quiere y siente y eso es amar con toda el alma, tu vida y tu fuerza pero sin dejar de ser uno mismo y por sobre todas las cosas respetando al otro. A veces pienso lo distinta que soy a toda mi familia. Hubo tantas intrigas, tantas mentiras, y cuando pasan cosas cómo esas en tu propia casa solamente hay dos posibilidades, que seas igual que ellos, como lo fue mi hermana Sandra o que seas completamente diferente, como yo.
En este momento he puesto mi vida en manos de Dios y lo único que le pido es que se haga justicia.
Me encuentro  sentada en una silla bis a bis de roble, recuerdo cuando la compramos los dos en un Remate hace varios años. Pablo me preguntó, ¿para qué las querés? En realidad me gustaron pero no había ningún lugar dónde colocarlas en casa, ya que no nos faltaba ningún mueble, más bien todo lo contrario. Miro alrededor, no sé si podría decir que con nostalgia. 
Estamos en otra casa, en José Ignacio, el piso es de madera y cruje todo el tiempo. El escritorio donde estoy escribiendo es una mala copia de uno antiguo, pero en fin eso son solamente cosas materiales.
Pero doy gracias a Dios de que tengo un techo, un lugar para estar los tres a pesar de todas los perjuicios por los que pasamos este último año aquí.  De todo lo que teníamos, materialmente hablando no poseemos nada, y a pesar de eso cada día me siento más plena, más feliz; más llena de amor y ese amor tan grande me lo dio el Señor. 
Y además de todo eso estoy viva para poder compartir todo esto con ustedes.

La Barra de Maldonado 1999


¿Cómo poder estar parada en una punta de arena y rocas que se introduce dentro del mar, sin sentir la energía del agua, del Cielo y la tierra dentro de mí?
Estoy parada, de frente a la inmensidad del océano, al infinito del Cielo y siento la energía que brota de ellos, me penetra, me invade, me desborda y me da vida, esperanza, fuerza, paz, amor.
Tantas veces me pregunté, ¿qué sentido tiene la vida, cuál es su finalidad?
No entendía, y sin embargo hoy puedo decir que hasta teniendo la seguridad más absoluta de qué debía existir esa respuesta, jamás pensé, ni me imaginé que se encontraba tan cerca, simplemente dentro de mí.
Hoy, un día maravilloso, un día que podría haber pasado como un día común o hasta desapercibido y, sin embargo, descubro el sentido de la vida. Una vida que sin la palabra “Amor” no tendría sentido.
Es  sábado, 4 de septiembre  de 1999, una mañana fresca, llena de energía.
Me encuentro mirando la desembocadura del arroyo Maldonado en el Océano.
Es un profundo y hermoso día de primavera, y a pesar de que el aire de la mañana se siente un poco fresco,  me encuentro disfrutando de todo lo que tengo, cada instante, cada segundo, cada sentimiento.
Muevo mi brazo y veo chispas de energía que van quedando como una estela detrás de él.
Lo giro, doy una vuelta, camino  un paso hacia adelante y siempre es lo mismo. La energía está ahí. No  puedo tocarla  o detenerla, pero ahí está, siempre en movimiento, con vida, suavidad, amor, dulzura y calidez.
Puedo olerla, sí, tiene un aroma que podría definir como el de flores dulcemente suaves y frescas.
Puedo verla, tan brillante que lastima los ojos.
Viva y siempre en movimiento. Un continuo movimiento lleno de luz, tibieza.
¿Cómo poder definir la sensación de esta energía? Trataré.
Pero es imposible, no puedo. Cada uno de nosotros tiene su propia energía, cada uno es un mundo dentro del Universo, cada uno es energía pura.
Por ese mismo motivo trataré de ser lo más clara en mi relato, para que cada uno de ustedes pueda entender;  experimentar; tener su única y propia vivencia.

Mi amiga Elena María


Era un magnífico día de octubre, recuerdo la época ya que el aire estaba tibio, el aroma de las flores inundaba toda la casa y el jardín, la mañana era clara. Fui hasta la piscina y me quedé mirando aquel color celeste del agua, me hundí, me deslicé, floté y dejé que mi cuerpo y el agua se hicieran un todo. Floté de espaldas mirando el cielo y me elevé hasta el sol, el cual empezaba a desaparecer muy suavemente detrás de una nube. Me encontraba pasando por un período muy especial de mi vida, justamente de eso se trataba, ya que por todos los medios deseaba tener un hijo. Comenzar una nueva vida dentro de mí, fruto del verdadero amor entre un hombre y una mujer, la continuación de nuestras vidas a través de un ser totalmente independiente y diferente a nosotros dos.
Salí rápidamente del agua y me envolví en una suave y esponjosa toalla que acarició mi piel.
Siempre tuve vivencias de ese tipo, recuerdo que cuando era niña me daba felicidad acostarme sobre el pasto recién cortado mirando pasar las nubes y dejarme llevar hasta fundirme en un todo con el Universo.
Me preparé para lo que sería un día fascinante; mi amiga Elena pasaría a buscarme para pasar todo el día en un retiro espiritual.
Lo recuerdo como un día pleno, lleno de amor y luminosidad.
Al llegar a  aquel lugar, miré alrededor y vi una gran Iglesia de ladrillos. Tenía  una galería con arcos y columnas por las cuales subían magníficas enredaderas de Santa Ritas, el ambiente era tranquilo, se podía sentir la energía positiva que había no sólo en el lugar sino en la gente que iba llegando. Estabamos vestidas con ropas simples, sueltas, las cuales nos daban gran libertad de movimiento.
De la gente que llegaba solamente conocía a una señora llamada Sara, la miré, me acerqué y recuerdo vivamente el brillo de sus ojos; le dije quién era y con una sonrisa mezcla de paz y amor sentí que me aceptaba.
Parecía increíble, ella era la madre de conocidos míos; gente de mi edad. Pero es que la vida es tan simple como eso, no hay tiempo ni edad pues somos hijos del Cosmos y en ese momento Divino en que nos unimos a un todo dejamos de ser nosotros mismos para ser parte de la energía total del Universo.
A pesar de que el sol había quedado detrás de una suave niebla se sentía una tibieza especial, casi como una caricia.
Nos reunimos en el centro del jardín y empezamos a hacer suaves ejercicios de yoga.
Flotábamos, reíamos con esa complicidad que tienen los que no necesitamos palabras para saber lo que está pasando. Después de un rato hicimos una relajación profunda, algunos quedaron casi dormidos en un estado de semi inconsciencia. Muy lentamente nos pusimos en movimiento prestando mucha atención a cada parte de nuestro cuerpo, como si lo estuviéramos redescubriendo.
Miré a Elena, su cara estaba con esa placidez que solo los que la han experimentado pueden entender, su piel resplandecía.
Empecé a caminar por el jardín y me dejé llevar por mis sensaciones, me sentía en otro lugar, en otro tiempo y espacio. Olvidé por completo que detrás de esos muros existía una realidad gris, una ciudad simple, gente con muchos problemas y dramas.
Me sentía más liviana que una pluma, es más podría asegurar que levitaba, ya que al caminar mis pies no rozaban el césped. Podía pasar desapercibida o simplemente integrada a un todo.
Pensaba en cómo sería nuestro hijo, iba a hacerme  una FIV muy pronto, casi podía ver su cara de ángel, su color rosa pálido, sus ojitos llenos de vida.
Al rato fuimos adentro y nos sentamos en posición de loto con una especie de collar de cuentas color lacre que usaríamos como mantra para nuestra meditación, después de la cual podríamos contar nuestras experiencias si así lo queríamos. Creo que meditamos por mas  de dos horas, pero lo que sentimos fue tan maravilloso que me hubiera gustado que siguiera toda la vida.
Por supuesto sabía que eso era imposible ya que vivimos en un mundo en el cual debemos mantener un equilibrio entre lo espiritual y lo terrenal, pero muy dentro de mí algo me decía que había empezado un cambio a nivel mundial, podía sentir que la gente buscaba día tras día algo más profundo que lo que nos puede dar una vida llena de dinero, satisfacciones materiales y fiestas frívolas;  a las que irónicamente siempre decíamos que no íbamos, pero llegado el momento éramos de los primeros en llegar.
Hoy, cinco años después puedo cerrar mis ojos y volver a tener las mismas vivencias, sentir la misma energía  y ver la luz Divina de aquel día.
Y todo eso lo tengo gracias a Dios.

Rudolf


Llegaba al mundo el 14 de febrero de 1995, el día de San Valentín.
Pero recién al mes nos enteramos de que el hermano de Luly ya había nacido. Fue en ese momento que Pablo y yo fuimos a conocerlo. No pudimos elegirlo, ya que fue él quién nos eligió a  nosotros como hacen los hijos con sus padres. Al tomarlo en mis brazos sentí que aquél angelito estaba muy flaco y lleno de pulgas, por eso decidimos quedarnos con él en ese mismo instante, con la condición de que nos lo entregaran ese mismo día, para asi poder tenerlo como él lo merecía.
Luly ya estaba preparado para el gran acontecimiento. Durante largo tiempo le habíamos hablado de lo divertido que sería compartir su vida con un hermano.
Sin embargo, no sabíamos cómo podría reaccionar, ya que nos habían dicho que podían pasar dos cosas absolutamente opuestas, podría aceptarlo desde un principio o rechazarlo totalmente.
Fuimos a buscar a Rudolf los tres. Ludovico estaba un poco nervioso, parecía que me hablaba, se quedó en el auto conmigo mientras Pablo terminaba de arreglar todo con la Sra. Puddles.
Pablo volvió al auto y yo bajé a buscar a Rudolf. Lo envolví en una toalla, y lo abracé contra mi cuerpo, subí al auto, no sabía que iba a pasar en ese momento. Nos miramos y sonreímos con complicidad. Desde el asiento trasero, Luly movía su rabo, trataba de abrir la toalla y ver qué había adentro. Una cabecita muy chiquita, con orejas largas y cara de susto se asomó como preguntando ¿y ahora qué pasa, quienes son? Rudolf  parecía un Gremlin.
Luly lo vió, saltaba en el asiento trasero del auto dando vueltas en redondo y después se inclinó hacia adelante.
Fue el comienzo del amor entre los dos. Un amor tan puro y especial, que nadie en el mundo podría terminar; a pesar de que la vida los separó físicamente, sé que siguen estando juntos.
Salgo al jardín, miro el cielo lleno de estrellas. Ellos están en Fort Lauderdale, en casas separadas, yo en José Ignacio y sin embargo tengo la certeza de que nuestros corazones siguen unidos y me animaría a decir con total certeza que igual o aún más que antes, Máximo está a mi lado, se sienta  sobre el pasto húmedo y me mira; sabe lo que siento y pienso y suspira. 
Luly quería lamerlo, jugarle. Cuando llegamos a casa, me apuré en bajar al monito, quería llevarlo directamente adentro para darle un baño. Luly lloró detrás de la puerta mientras lo bañé, no sabía si por celos o porque quería  ayudar.
Mientras tanto, Pablo en la cocina, preparaba los platos de comida para los dos, Luly vigilaba atento la puerta del baño y los movimientos de Pablo.
En realidad su mami estaba en el baño con otro, pero su papi estaba igual que todos los días.
Rudolf apenas tenía una pelusa opaca en lugar de pelo, estaba  escuálido y las pulgas caían por cantidades. La fina lluvia del shampoo lo mojó por completo y siendo tan chiquito, yo tenía que hacer todo con mucha rapidez para que no se enfriara. Lo sequé rápidamente con una toalla y secador, y quedó pronto para empezar a conocer a su nueva familia.
Al bajarlo al piso del baño, Rudolf dejó su primer regalo, un charquito.
El monito parecía un bebe, llorón, quejoso y Luly tomó el papel de hermano mayor como era de esperarse en él.
Jugaban, lo guiaba, no dejaba que se acercara a cosas peligrosas, se acostaba muy cerca de él y lo miraba maravillado. El pequeño monito nos dió bastante trabajo, su comida debía ser preparada especialmente con las cantidades de cada cosa de acuerdo a sus necesidades, en cambio Luly comía ración. El monito comía y se inflaba como un pequeño globo.
La primera noche lo puse sobre una manta al costado de nuestra cama, pero extrañaba tanto a su madre que por supuesto terminó durmiendo con nosotros sobre mi pecho. Esa fue la única forma que conseguimos para que se tranquilizara y se durmiera, y también pudimos dormir nosotros.
Al estar sobre mí, supongo que por el latido de mi corazón se tranquilizaba. Pero se despertaba a cada rato y yo con él, para hacer sus pipis.
La primera semana de Rudolf en casa, yo dormía cuando él lo hacía y paseaba con él por la casa cuando se desvelaba. Poco a poco se fue acostumbrando a su nueva familia, su nuevo hogar, su vida. A los dos se les dio muchísimo amor, verdadero sentido de lo bueno y lo malo y ellos resultaron con los mejores sentimientos que algún animal puede tener, mejores incluso que muchos seres humanos.
Cuando estabamos al aire libre los dejábamos disfrutar de la naturaleza, los guiábamos por los senderos de la energía. Ellos vibraban como nosotros por el canto de un pájaro, la suave brisa del viento, el aroma de las flores, el ruido del mar o el sonido del mensajero de los vientos.
Cuando íbamos hacia Punta del Este, se dormían y a mitad de camino se despertaban y empezaban a mirar por la ventana del auto, al llegar a Punta Ballena tocaban los vidrios del auto para que los bajáramos y poder asomar sus cabezas por las ventanas. Siempre estuvieron con nosotros, en los mejores momentos y en los más difíciles. Siempre leales, fieles, inagotables.  Lo que les tocó vivir fue maravilloso y también muy duro. Esas contradicciones que tiene la vida. ¡Cuánto daría por saber que estás bien y feliz! Sólo pude enterarme que la esposa del Agente Federal que te adoptó, iba a verte todos los días después de que te separaron de Luly y al ver lo triste que estabas decidió que fueras a vivir con ellos.
¡Que grande estarás! la última vez que estuviste con nosotros, tenías dos años, sin embargo seguías caminando como un cachorro, pienso que debido a la forma en que te educamos.
Mis ojos se llenan de lágrimas, quisiera poder abrazarte, te extraño.

Ludovico


Cuando llegué a casa Pablo me esperaba. Ahí estaba él, huidizo, asustado, Con sus cuatro meses, su cuerpo perfecto, un boxer puro; hijo de Hanson, un perro importado de Estados Unidos, con una línea de sangre ejemplar. Su color ámbar, sus guantes blancos, su piel suave y atigrada y su pecho ancho con una mancha blanca. Realmente era un ejemplar magnífico, pero mucho más allá de su raza, ya que lo que él era;  pasaba por su energía.
Ludovico había llegado a nuestras vidas.
No reconocía mucho la casa a pesar de que Pablo lo había ido a buscar por la mañana, se había caído adentro de la piscina, todo en el lugar le resultaba nuevo, incluso yo. Sus orejas habían sido operadas y todavía tenía puestos los cucuruchos para mantenerlas derechas.
Empezamos a jugar, a conocernos, nos tiramos en la cama, dimos vueltas, jugábamos los tres como si fuéramos niños. Su energía ya había llenado nuestra casa, nuestras vidas, nuestro futuro. Hacía travesuras como cualquier cachorro, pero siempre atento a lo que  pasaba alrededor.
Él fue mi mimado de siempre. Luly esperaba a que terminara de ducharme en la puerta del baño, me acompañaba de compras y hasta venía en el auto cuando me iba a hacer ecografías para coordinar mis FIV. Siempre estuvo con nosotros.
Muchos de nuestros amigos decían “ quién fuera perro en lo de Pablo y Patricia”. ¡Que amigos! Muy buena gente, estuvieron siempre que hubo fiestas y dinero, ¡ Sex and drugs and rock and roll!
Tenía todo lo que quería, los juguetes, la mejor comida, los mejores medicamentos y veterinarios; el mejor handler, Sergio.
Pero todo eso no valía nada comparado con nuestro amor. Luly cambió mi vida, la de los dos, cambió la energía de la casa, la alegría, el amor. Siempre fue como un príncipe, se sentaba en el asiento del auto y miraba con abolengo por la ventana, era distinguido y muy mimoso.
Al principio, cuando era muy chico salíamos a comer a casa de amigos y volvíamos a ver si estaba bien, si no extrañaba. Él mordía suavemente  algunas cosas nuestras y las juntaba en un rincón de la casa, pero sin romper nada. Siempre llevaba ropa que tuviera nuestro olor, nuestro perfume.
Cuando salíamos a comer a algunos Restaurantes de Carrasco lo llevábamos con nosotros, a Dackel, al Viejo Turismo, a La Pasiva. Se portó siempre como un señor. Es más, mejor que mucha “gente” que conozco.
Recuerdo que nuestro gran y siempre fiel amigo, era como un bebe en nuestra casa. Bueno por excelencia, nunca mordió a nadie, pero se hacía entender de tal forma que parecía que nos hablaba.
Una día llegamos al atardecer, había sangre en todo el living, él vino del patio con una mano envuelta en un trozo de sábana, corrí, lo abracé y lo alcé en mis brazos; mientras tanto corría hacia el portón para llevarlo al veterinario. Se portó como era de esperarse en él, perfectamente bien, dejó que el médico le revisara la mano, la limpiara y le hiciera un vendaje a presión.
No entendíamos qué era lo que había pasado, no nos explicábamos.
Pero todo fue tan simple como esto; durante el trayecto Pablo y yo comentábamos lo extraño del accidente, él suspiraba  y al llegar empezó a ponerse nervioso. Cuando bajamos del auto entró rengueando, la mucama apareció y cuando nos pusimos a hablar con ella para que nos explicara qué había pasado, quiso morderla. Fue suficiente, fuimos a la piscina y el vidrio del invernadero estaba quebrado. Le habían tirado con una piedra y él en su desesperación atravesó un cristal. Él nos estaba guiando para que supiéramos lo que había pasado, no hablaba, pero parecía que sí lo hacía.
Pensé que estaba alucinando y que era imposible, pero en un segundo pasó por delante de mí un flash de cómo había sucedido todo. Entré en el cuarto de la mucama, ella estaba  bañándose, le dije de hablar y la esperé.
Tenía mucho miedo de estar equivocándome, de culpar a alguien inocente, pero la vida es así, todo el tiempo nos muestra el camino y es todo tan sutil que a veces no lo vemos o intentamos racionalizar todo y tener respuestas lógicas para fenómenos que no entran dentro de los parámetros de la lógica.
Debemos mantener nuestros canales de energía siempre abiertos para dar y recibir, y luego todo se da por añadidura.
De todas formas tenía dudas, recuerdo que respiré profundo, muy profundo y en ese momento vi la puerta del dormitorio de la mucama del lado de adentro, estaba toda arañada, casi no tenía pintura y la madera estaba muy deteriorada. Sí, ella lo encerraba en el dormitorio, entonces las dudas se fueron y confirmé lo que estaba pensando para despedirla esa misma noche.
En ese momento empecé a ver cómo la maldad y la falsedad se escondían detrás de una cara agradable, de una sonrisa, de una suave voz. Pequeños detalles que la vida nos muestra y que muchas veces no tomamos en cuenta.
Luly empezó a estar bastante solo y tomamos la decisión de comprarle un hermano. Recuerdo su primer diciembre, le gustaba acompañarme al jardín a buscar jazmines y yo los dejaba por todos los rincones de la casa. A él también le deleitaba ese aroma.
Decidimos pasar su primer Año Nuevo con Luly en Cabo Polonio. Un lugar con médanos y muy pocas casas, sin luz ni agua, un lugar maravilloso y lleno de energía. Marchamos los tres hacia El Cabo. Llegar fue toda una odisea, el viaje era bastante largo y Luly estaba acostumbrado a ir solamente hasta Punta del Este. Hacía mucho calor y el sol estaba muy fuerte, era diciembre de 1994. Mis fertilizaciones no habían dado resultado y yo trataba de ocupar mi tiempo para no pensar en ese hijo que no quería venir. Al llegar a un pueblito llamado Valizas, tuvimos que dejar el auto y alquilar un Jeep, el cual nos llevaría hasta la desembocadura de un arroyo, ahí cruzar en bote y del otro lado subirnos a una camioneta del “francés” un personaje alucinante que nos llevaría a través de los médanos hasta la casita en la playa.
El viaje con el francés fue maravilloso, además de ser un hombre con un gran carisma, atravesaba los médanos con su gran camioneta blanca a gran velocidad,  paraba en un médano y nos dejaba absorber la energía del lugar escuchando un concierto de Jean Michel Jarre, Equinox.
Queríamos que su primer fin de año fuera algo especial, y realmente lo fue, ya que al llegar a la casa la misma estaba ocupada por unos chicos argentinos que no tuvieron ni el menor problema por haber llegado dos días antes de lo pactado y dejarnos sentados en la arena.
Si bien recuerdo, esa fue la última vez que fuimos a Cabo Polonio, aunque en cuanto podamos vamos a hacernos una escapada a ese paraíso dónde el único sonido es el del mar, el viento y los lobos de mar.
No muy contentos tuvimos que volver, se sentía la alegría del Fin de Año, la gente irradiaba energía, felicidad. Casi a las 10 p.m. llegamos a Punta del Este, muy cansados por el viaje, agotados.
Cuando sonaron las 12, el cielo se iluminó con estrellas de brillantes colores, nosotros estábamos comiendo en el Sushi y Luly estaba dormido en el auto; pegó un salto, se asustó. Yo corrí hasta él y mirando el cielo y los fuegos artificiales le transmití la paz y felicidad que me daban, miró el cielo, se recostó en mi brazo y se quedó dormido plácidamente.
El amor de ese angelito siempre está con nosotros. “A pesar de que estás a más de 5.000 millas de distancia siempre estás con nosotros”
Escucho tus pasos en el piso de parquet de nuestro dormitorio de la casa de Costa Rica, siento tu mano apoyarse suavemente sobre mi hombro para despertarme, te extraño mucho, con toda mi alma, con todo mi ser. A donde quiera que vaya te llevo conmigo, y a pesar de que sé que la familia que te tiene te quiere mucho, daría todo por tenerte aquí entre nosotros.
Quisiera que supieras que tenés un nuevo hermano que se llama Máximo, un labrador negro como el azabache, que es tan dulce y cariñoso como vos y no tengo duda alguna de que se querrían mucho si estuvieran juntos.