Para mí siempre fue algo mucho más profundo de lo que muchos piensan.
Para algunos el amor es tener una familia, amigos, una pareja. Pero para mí, el amor está en todo lo que nos rodea.
Como dice en Biblia, en la primera carta de Corintios, 13 v. 4;
El amor es: el amor es paciente, es bondadoso.
El amor no es envidioso, ni jactancioso ni orgulloso.
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.
El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Lamentablemente y debido al apuro que llevamos en esta vida, muchas veces nos pasan momentos de amor por delante. La mayoría de las veces esto sucede tan rápido que ni siquiera tenemos la oportunidad de darnos cuenta de que están ahí para poder aprovecharlos y no dejarlos escapar, en segundos los perdemos y lo peor es que ya nunca más podremos recuperarlos.
Podremos tener otros, quizás muchos más, pero si no estamos atentos pasarán de nuevo tan velozmente como estrellas fugaces.
Desde muy joven y como ya les he comentado, me maravillé por la vida misma y sus sensaciones. Salí bastante, pude comparar y desde muy temprano supe que había gente especial y de la otra.
Gente que vive la vida plenamente y gente que vive la vida, por decirlo de alguna manera. Se levantan, trabajan, comen, se relacionan, opinan sobre los demás, pero y ¿qué más? ¿Qué otras cosas llenan sus vidas? ¿Qué hay de su espiritualidad, acaso la tienen, la sienten, o simplemente se olvidaron de que existe? ¿Qué hay de ese amor tan puro que comenzamos a sentir en el mismo momento en que llegamos a este mundo? No, no tienen nada más para dar ni recibir. Sin embargo parecen felices o hasta puede ser que lo sean, a mí personalmente me parecen que son personas muy simples, vacías y egoístas. Disfrutan de lo que tienen, pero no lo comparten.
No tenemos más remedio que vivir entre todos, pero realmente me gusta la gente especial, sensible, la que vibra, ¡Gente Viva!
Puedo decirles que me emocioné por cosas que otros no están enterados ni de que existen, tuve y tengo una vida plena de sensaciones y lo más importante, de amor.
En la vida de una persona hay miles de momentos que son muy ricos en emociones; pero como me resultaría imposible contarles todos, les voy a contar los que más me hicieron vivir, sentir, vibrar, amar y sufrir.
Cuando tenía alrededor de 20 años, trabajaba como secretaria en una Empresa Pesquera en la Ciudad Vieja. Mis mediodías eran bastante aburridos y por eso empecé a ir a almorzar a un lindo lugar llamado Tienda Bar. Tenía una típica barra estilo americano de los años 60 y mucho metal y espejos detrás de las botellas cosa que hacía que todo brillara como el mismo sol. Ahí me sentaba en la barra, muy cerca de la puerta y pedía algo liviano. Iba casi todos los días y me llamaba mucho la atención un hombre que casi siempre se sentaba solo al igual que yo.
Claro, había una gran diferencia entre nosotros dos; era mucha la gente que entraba y al verlo lo saludaba y luego seguían su camino. Yo en cambio siempre fui más solitaria, individualista. Día tras día yo lo observaba, no sé si fue amor a primera vista, pero yo sentía una especial atracción por él. Algo que sigo sintiendo con igual o más intensidad hasta el día de hoy.
A pesar de que traté, no conseguí saber quién era. No lo conocía de mi grupo de amistades.
¿De dónde habría salido, sería de este planeta?
Pasaron los días, él llegaba rigurosamente a la misma hora; se veía que era ordenado, su ropa siempre estaba impecable y no podría saber que edad tenía.
Pero eso sí, había algo que estaba muy claro y era que realmente me gustaba y mucho; me fascinaba. Varias veces traté de cruzar mi mirada con la suya, sin tener resultado.
Yo iba a almorzar ahí, por él y sin embargo él no tenía ni idea de mi existencia. Un día, una amiga llegó a tomar algo conmigo, le comenté que hacía varias semanas que estaba viniendo todos los mediodías y que creía estar enamorada de alguien que no conocía. No se interesó mucho en lo que le decía, en realidad sonaba absurdo; me miró como diciendo ¿de qué me habla?; se disculpó, se levantó y me dijo que iba a saludar a un amigo suyo que estaba almorzando en la barra. Seguí comiendo sin darme cuenta de que Inés estaba parada hablando con aquel incógnito hombre, mi sorpresa fue tal que quedé paralizada, no pude probar bocado y esperé a que ella volviera. Cuando volvió le pregunte, ¿ Inés, en realidad escuchaste lo que te dije? por supuesto, me contestó.
Le dije con voz muy firme; pero es que vos acabás de estar hablando con él. Inés no lo podía creer, me dijo: es Pablo, un amigo muy querido. Inmediatamente le pedí que me lo presentara.
Recuerdo que nos acercamos a él con alguna ridícula excusa propia de la edad, ella muy sutilmente aprovechó para preguntarle si me conocía y así poder presentarnos. Su mirada para mí resultó fulminante, me dijo hola con total cortesía, ni me vio y siguió con su almuerzo.
Las piernas me temblaban y tuve que pasar al baño para mojarme la cara y tratar de que el color colorado de mi cara se fuera.
Al rato salí y ya no estaba, no podía creerlo, ni me había visto. Mi frustración fue total, me gastaba casi todo mi sueldo en ir a almorzar ahí para verlo, y había estado a centímetros de él,
había sentido su perfume tan de cerca que nunca más olvidaría que era Monsieur Rochas, pero él ni siquiera me había visto. ¡Qué desilusión!
Al poco tiempo me fui a Buenos Aires por unas semanas, pero su cara me quedó grabada, sus movimientos, su caminar.
No era ni fue fácil de olvidar; es más nunca lo olvidé.
Pocos meses después, muy cerca del verano fui invitada por C. P. a un asado en Punta Ballena. Fuimos un grupo grande de amigos. Era un espléndido día de octubre, soplaba un poco de viento, pero nada que pudiera arruinar la vista de aquel lugar paradisíaco.
Cuando llegué estuve paseando por algunos de los caminos al aire libre de la casa, maravillada mirando el azul del océano y el cielo, el cantar de los pájaros, el perfume de las pocas flores que nacen en esos lugares rocosos. Luego estuve un rato adentro, la estufa estaba prendida en un rincón formando un pequeño y cálido lugar donde poder estar; afuera estaban preparando un asado en una parrilla que quedaba en una de las terrazas frente al mar. Había varios grupos conversando, yo caminaba sola si bien conocía a casi todos.
Me acerqué al fuego de la parrilla; podía escuchar el sonido de las olas rompiendo contra las rocas al pie de donde estaba mezclado con el del rock and roll de la música, había alguien parado ahí pero solo podía ver su espalda, creo que tenía un vaso de whisky en la mano. Percibí un perfume que me resultaba muy conocido y a la vez me recordaba a alguien, giró un poco hacia mí y casi sin mirarme me ofreció algo para tomar, acepté pero le aclaré que sólo tomaba champagne, caminó hacia la improvisada barra y sirvió algo; yo seguía sin poder verlo de frente, alguien lo llamó “Pablito” ¿como estás? inmediatamente giró sobre sí mismo. Cuando se dio vuelta quedé paralizada, era él, era Pablo.
¿Pablo cuánto? Ni siquiera sabía su apellido. Venía caminando hacia mí con una gran copa de champagne en su mano. Veía que se me acercaba y a pesar de que estaba muy cerca me parecía que todo iba en camara lenta, una corriente me subía y bajaba por todo el cuerpo. Por fin lo tuve enfrente, extendió su mano y me preguntó,
¿ así está bien o te gusta con hielo? No recuerdo que dije, apenas me salía la voz entrecortada, me sentía como una tonta de cinco años.
Me sonrió y fue peor ya que mis piernas empezaron a temblar, lo notó y me preguntó si estaba con frío, un papelón. Se sonrió como cómplice y empezó a caminar hacia uno de los senderos que daban al mar.
Yo, sin decir palabra alguna caminé a su lado, nos paramos y estuvimos varios minutos mirando el impresionante atardecer, parados en lo alto de las rocas de Punta Ballena, con toda la inmensidad del océano para nosotros dos.
En ese momento comenzó el amor más grande de mi vida, el que me mantiene viva hasta el día de hoy.
La fiesta duró hasta tarde, a eso de las 11,30 p.m. nos fuimos a bailar a una disco, quedaba en el Cantegril Country Club. El lugar estaba lleno de gente y de humo, la música era ensordecedora. Pablo estaba parado cerca de la barra y yo muy próxima a él. De repente un desconocido se me acercó y me invitó a bailar, yo no contesté y casi sin darme cuenta sentí que alguien me tomaba del brazo y me llevaba con él, era Pablo. Bailamos hasta el amanecer.
Pablo no hablaba mucho, pero todo lo que ha dicho en su vida fue y es muy profundo y además es una de las personas con más espiritualidad que conozco.
Salimos en su auto rumbo a Punta Ballena, puedo recordarlo como si fuera ayer, hacia frío y me dió su campera de cuero para que me abrigara, estaba impregnada con su perfume, Polo de Ralph Lauren. Al llegar bajamos las escaleras de la entrada, me tomó de la mano y yo lo seguí. Caminamos por muchos lugares; se sentía la emanación salada de la roca húmeda; el aroma de la arcilla cruda que daría vida a alguna vasija; el penetrante vaho de la pintura al óleo. Atravesamos estudios, cuartos, talleres de C. P. V.
Parecía un laberinto, pasábamos por corredores, subíamos y bajábamos escaleras, era interminable. Por fin entramos por una especie de corredor angosto y de techo bajo, parecía una caverna, había poca luz pero al final del mismo llegamos a un lugar único, alucinante. Era su cuarto. Era redondo, con techos muy bajos y parecía la tienda de un jeque árabe. Ahí pasé la noche más maravillosa e inolvidable que una mujer pueda tener con el amor de su vida. De esa noche ya pasaron mas de veinte años.
Lo más increíble fue que Pablo me cambió la vida, y sin embargo yo recién entré realmente en la suya muchos años mas tarde, recién en el año 1989.
Desde ese momento nos veíamos muy esporádicamente y si bien yo salía con otros amigos, el único hombre para mí siempre fue y será él.
La vida nos llevó por distintos caminos, en marzo de 1985 yo me casé. El en cambio siguió soltero por algunos años más, y cuando se casó lo hizo conmigo.
Llevó una vida llena de emociones; viajes, fiestas, dinero y poder.
Cuántas cosas extrañas tiene la vida, a veces te separa y de la misma forma y sin siquiera darte la oportunidad a que tomes conciencia de lo que está sucediendo, te vuelve a unir.
En octubre de 1983 nos encontramos nuevamente. Fue por casualidad, el destino, no lo sé. Pero lo que habíamos vivido, si bien había sido algo muy corto, todavía seguía ardiendo como la primera vez. Pero ahora nuestras vidas eran diferentes, yo estaba casada, él soltero.
Por mi trabajo yo debía ir casi todas las semanas a Buenos Aires y cuando podía me hacía una escapada para verlo en su casa de Carrasco, la misma en la cual viviríamos años mas tarde después de casarnos. Muchas veces llegué y no lo pude ver, pero en cambio me quedaba un rato conversando con su querida madre Laura.
Casi siempre me recibía en su dormitorio, recostada en su cama, y puedo recordar que su sueño era que su querido hijo Pablo, se casara con una estanciera.
Yo no sabía si estaba enferma o si simplemente le gustaba recostarse temprano; más adelante y al estar cada vez más en contacto con Pablo y sus amigos, me fui enterando de que lo que la tenía atormentada de esa manera, era la gran tristeza que la quebraba al saber el odio que sentía su hijo mayor, Raúl y su nuera Beatriz contra Pablo y hasta contra ella misma.
No tuve la felicidad de ser madre, pero cuando amigos y familiares de Pablo me dijeron que Laura murió de tristeza, le rompieron el corazon; me estaban diciendo la verdad más cruel que le puede tocar vivir a alguien. Laura era hija de italianos, tuvo tres hermanos, Pepe, Aquilina y Amelia Paulina; tiernamente llamada Memé por todos sus sobrinos. Al poco tiempo de haber nacido, su madre falleció y una tía de nombre Ana María vino desde Italia para hacerse cargo de los cuatro.
La tía Ana María parecía un ángel, tenía el pelo largo hasta la cintura y usaba moño. Se ocupó de sus sobrinos como si fuera su propia madre. Pablo, por ser el hijo más chico y tener una diferencia de trece años con su hermano mayor, debió ocuparse de sus padres cuando éstos enfermaron y fallecieron. Enterró a su padre siendo muy joven, apenas tenía veinticuatro años y después a su querida madre, el 7 de febrero de 1985. Por último a su querida tía Memé; su segunda madre.
Desde muy joven debió luchar por lo que por ley le correspondía, su herencia. Debió luchar contra su cuñada Beatriz y también contra un hermano que por ser mayor se consideraba dueño de todo.
A pesar de todos los problemas que tenían y de que Pablo tuvo que luchar hasta el último momento por su dinero de las Casas de Cambio; a pesar de eso siempre vivió bien con su dinero y en el momento en que le vendió su parte a Raúl, éste le pagó casi todo, en realidad habría que decir que todo, ya que lo que no le pagó fue un porcentaje mínimo. Tuvieron muchas peleas y siempre el tema fue el mismo, el dinero; como en muchas familias. Pero hasta en los peores momentos su sobrina Gabriela siempre estuvo presente.
En realidad yo no me preocupaba por las pocas cosas que me contaba sobre su negocio. Yo disfrutaba estando con él, conversando sobre miles de temas, la espiritualidad, la vida.
A principios de 1988, mi matrimonio iba cada vez peor. Fue entonces cuando empezaron a pasarme cosas extraordinarias, mágicas. Como ya lo dije siempre fui muy sensible.
En ese momento mi marido y yo estabamos viviendo en una casa ubicada enfrente a la iglesia de La Candelaria, en plena península de Punta del Este. Yo trataba de pasar la mayor parte del tiempo pintando marinas, playas y gaviotas y el resto meditando.
Muchas veces cruzaba a la Iglesia y me arrodillaba en el altar, enfrente al Cristo; podía pasar horas ahí sin darme cuenta del tiempo transcurrido, estaba allí sentada, absorbiendo toda la energía y la pureza del Señor. Fueron muchas las veces que le pedí ayuda, una señal. Y lamento muchísimo haber tenido una familia con un padre ateo y una madre que solamente se preocupaba por su hija mayor. Nunca tuve el apoyo de una familia normal y por iniciativa propia decidí tomar clases de catequesis y a los 13 años tomé mi primera Comunión.
Nuestra relación iba cada vez peor, estaba pasando mal, no sabía qué hacer.
Una tarde casi al atardecer estaba sentada frente al Altar, me sentía muy mal, triste, agobiada por los problemas, no sé qué fue lo que pasó, sentí que algo bueno estaba por llegar, cerré mis ojos y respiré profundamente y de repente sentí que algo me cubría, algo inmenso, único y tuve miedo. Siempre ante una situación desconocida lo primero que nos pasa es eso, nuestra propia ignorancia hace que sintamos miedo. Pero ese miedo duró apenas unos segundos, seguí sintiendo como si un manto me cubriera, era tibio, suave, dulce y una gran paz interior me llenó por completo. Abrí mis ojos y miré al Cristo, su cara había cambiado, resplandecía, y un brillo muy tenue lo rodeaba por completo. Entonces supe que algo ya estaba cambiando.
La mayoría de las veces, los cambios no suceden como nosotros los esperamos ni cuando los deseamos. El tiempo de Dios no es igual al nuestro y es mejor saberlo y aceptarlo si es que estamos realmente convencidos de que es él, el único quien guía nuestras vidas.
Entonces empezaron a sucederme cosas cada vez más y más a menudo, algunos pueden decir que eran casualidades, pero la mayoría de lo sucedido no tuvo ni tiene una explicación lógica.
No sé por qué empecé a notar que había más gaviotas que nunca volando alrededor de casa, muchas veces se paraban en la baranda de la terraza de mi dormitorio. Comencé a pintarlas en mis cuadros.
Fueron muchas las veces que estaba mal en casa, incómoda, especialmente cuando mi marido llegaba, entonces me subía al auto y salía sin rumbo. Mi mente se nublaba y de repente me encontraba en un lugar sin siquiera saber como había llegado hasta ahí.
Pensaba en Pablo, como si estuviera por verlo, sentía que estaba cerca, pero esa mente racionalizada que todos tenemos me decía es imposible; ¡que venga en pleno invierno con un temporal como éste¡, pensándolo lógicamente tenía sentido! Su trabajo estaba en Montevideo y no había razón alguna para que estuviera en Punta del Este. Pero a pesar de todos los pensamientos lógicos, sucedía lo ilógico.
Los encuentros de ese tipo fueron cada vez más y más frecuentes. Sin desearlo ni pensarlo, y sin buscarlo, la vida siempre me llevaba hacia él. Paralelamente mi matrimonio iba cada vez peor, la forma de ver las cosas de la vida desde puntos de vista totalmente opuestos hacía que nuestra relación se fuera volviendo cada vez mas fría. Yo me volqué cada vez más a la pintura y a mí misma. Sabía que debía hablar con mi marido, pero cada vez que lo intentaba fallaba. Me sentía como si le hablara a una pared. No quería herirlo, pero de alguna forma tenía la certeza que si seguíamos juntos la más lastimada iba a ser yo. Cada día que pasaba él se retraía más y más. Llegaba dando ordenes, tenía grandes cambios de humor y lo peor de todo, en lugar de buscar soluciones se dedicaba a destruir todo con sus palabras, y se convencía a sí mismo de que todo estaba bien.
Recuerdo con mucha tristeza los ácidos comentarios que hacía sobre mis amigas Cecilia, Martita y Ana Inés. En ese tiempo las tres estaban solteras. Ahora están felizmente casadas. ¿De qué dudaba? No puedo olvidar comentarios como, “las únicas mujeres santas y puras son: mis hermanas y mi madre” ¿Y las demás? , las mujeres de nuestros amigos, las conocidas, ¿ y yo?
Con el pasar de los años, sólo puedo imaginarme que debía estar muy dolorido, resentido.
Había algo que yo no soportaba y era su adicción por el juego. Cuando iba al Casino jugaba muy fuerte, y muchas veces el dinero que habíamos logrado ganar a lo largo de un año se le iba de las manos en segundos. Por eso yo lo juzgaba e hice mal, ya que no me di cuenta de que estaba enfermo, muy enfermo. Debí ayudarlo y no supe cómo, en lugar de eso, teníamos grandes peleas por ese motivo y las mismas nunca nos llevaron a ninguna solución.
Con el pasar de los días, nuestro matrimonio se derrumbaba. Por aquel entonces debí consultar a un médico ya que debido a un accidente sufrido en el año 1987 tenía fuertes dolores en las cervicales. Después de ese accidente, y durante varios años debí tomar grandes dosis de Lexotan y a pesar de que ya habían pasado más de 2 años del accidente mi adicción a esa droga seguía latente, nunca sabré si la situación me llevaba a seguir tomando lexotan o si esa droga me hacía sentir y ver todo lo que me pasaba como algo más grande e intenso de lo que realmente era. Estaba tan angustiada que lloraba gran parte del día. Puedo ver su cara en el almuerzo, los dos sentados en una mesa larga, sin cruzar palabras. A mitad de año intenté separarme, pero lamentablemente en menos de 2 semanas volví con él. Me esforcé para que nuestra relación mejorara, pero fue en vano. Él y su ego no lo permitieron.
Desde ese momento comenzamos a vivir como extraños bajo un mismo techo.
Cuando iba a Montevideo aprovechaba la oportunidad para ver a Pablo en su negocio. A veces él podía salir un rato e íbamos a tomar un café al Bar enfrente al Teatro Solís. Yo lo escuchaba hablar y la cara se me iluminaba, me llenaba de felicidad, igual que hasta el día de hoy.
Quiero ubicarlos en el tiempo, y hoy es 23 de diciembre del año 2000.
Pensarán, cuánto hace que se conocieron y todavía siguen sintiendo lo mismo. En realidad es así; juntos, pasamos muchas cosas buenas y malas y esa realidad, esa vivencia, esa unión y ese amor se fortalecieron mucho más. Hoy puedo decir que nuestros sentimientos y nuestra unión son más intensos. A veces con sólo mirarnos sabemos lo que el otro quiere y siente y eso es amar con toda el alma, tu vida y tu fuerza pero sin dejar de ser uno mismo y por sobre todas las cosas respetando al otro. A veces pienso lo distinta que soy a toda mi familia. Hubo tantas intrigas, tantas mentiras, y cuando pasan cosas cómo esas en tu propia casa solamente hay dos posibilidades, que seas igual que ellos, como lo fue mi hermana Sandra o que seas completamente diferente, como yo.
En este momento he puesto mi vida en manos de Dios y lo único que le pido es que se haga justicia.
Me encuentro sentada en una silla bis a bis de roble, recuerdo cuando la compramos los dos en un Remate hace varios años. Pablo me preguntó, ¿para qué las querés? En realidad me gustaron pero no había ningún lugar dónde colocarlas en casa, ya que no nos faltaba ningún mueble, más bien todo lo contrario. Miro alrededor, no sé si podría decir que con nostalgia.
Estamos en otra casa, en José Ignacio, el piso es de madera y cruje todo el tiempo. El escritorio donde estoy escribiendo es una mala copia de uno antiguo, pero en fin eso son solamente cosas materiales.
Pero doy gracias a Dios de que tengo un techo, un lugar para estar los tres a pesar de todas los perjuicios por los que pasamos este último año aquí. De todo lo que teníamos, materialmente hablando no poseemos nada, y a pesar de eso cada día me siento más plena, más feliz; más llena de amor y ese amor tan grande me lo dio el Señor.
Y además de todo eso estoy viva para poder compartir todo esto con ustedes.
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