viernes, 15 de julio de 2011

Despertando


Recuerdo una tarde cuando tendría alrededor de seis años. Me encontraba tendida en el pasto recostada sobre mi espalda mirando el cielo. Veía,  cómo al pasar las nubes pintaban dibujos  en el celeste del cielo, caras, animales, figuras de todo tipo.
Podía sentir el penetrante aroma del pasto recién cortado, la tibieza del día, una suave brisa apenas cálida.
Los canteros de mi abuela Celia, llenos con tacos de reina, los rosales, las amapolas, el limonero
y el sauce llorón. Recuerdo con mucho cariño aquel sauce llorón; me podía pasar horas mirándolo; el movimiento con que caían sus ramas, el suave mecerse de sus penachos. En los días de tormenta, lo miraba desde el dormitorio principal. Pegaba mi cara al vidrio y pasaba horas mirando cómo sus hojas se movían, y con el peso de la lluvia se alargaban casi hasta tocar el suelo, era un espectáculo maravilloso.
Abuela le dedicaba mucho tiempo al jardín y yo heredé la misma pasión. Caminar observando las plantas, los canteros, las diferentes clases de arbustos; mirarlos, estudiar sus colores, el orden de la naturaleza y cómo ésta iba transformando todo de acuerdo al cambio de estación.
Desde siempre fui así, observadora, detallista, amante de la naturaleza y perfeccionista; cosa que me golpearía mucho en un mundo tan imperfecto pero fascinante como éste.
No recuerdo si era primavera, tal vez era otoño. Lo que sí recuerdo era que tenía un sweater de lana colorado, mi pelo color miel con un leve tinte rojizo, un flequillo recto sobre la frente, y la pureza de mis ojos llenos de melancolía, amor y dulzura. Era una soñadora. Una pequeña niña llena de ilusiones, sueños y esperanzas. No tenía responsabilidades ni obligaciones. Sólo risas, diversión, pero a pesar de eso no era igual a los otros niños, era mucho más sensible y me pasaba algo que yo no  era capaz de explicar. Podía saber qué iba a pasar antes de que sucediera, tenía el don, pero no sabía ni que lo tenía y menos aún cómo usarlo.
Muy vagamente recuerdo cuando en el jardín de la casa de mis abuelos se hablaba mal de alguien; eso no me gustaba, no creía justo que la persona atacada no estuviera ahí para poder defenderse, pero recuerdo el “ no te metas” sos muy chica para opinar.
De siete primos, yo fui la más chica, la mascota de la familia. Por un lado la más mimada, por otro la más castigada, ya que siempre que alguno de mis primos o hermana hacían algo mal, se las ingeniaban para que la culpa recayera sobre mí. Eran juegos de niños. Y así fue con todos, menos con mi hermana Sandra, aún hoy sigue usando esos “juegos” para su provecho.
Apenas tengo memoria de mi niñera llamada Julia, y de su marido Trabuco, sin embargo lo poco que recuerdo de ellos me llena de alegría el corazón y lamento que se hayan ido de este mundo sin haber tenido la oportunidad de demostrarles  cuánto los quise.
Mis abuelos vivían bien, lo cual yo consideraba normal, creía que todo el mundo vivía así o mejor. Pensaba que era común tener cocinera, mucama, limpiadora y jardinero.
Los trataban muy bien, tenían lindos dormitorios y en la ingenuidad de mi niñez, yo creía que vivían ahí porque no tenían familia, ni adonde ir.
Tenían una casa agradable, cerca del Yacht Club del Buceo, un buen pasar, una linda familia.
Abuelo era un médico conocido y muy querido por todos, era alto, muy interesante, de ojos color azul profundo y pelo blanco. Lo recuerdo con su blazer azul de doble abotonadura y  botones dorados, su gorro de Capitán y su infaltable pipa. Para nosotros era abuelo “Pipa”.
Era y soy descendiente de italianos. Mi abuelo, Máximo Carlos María Giuria Sívori se casó con Celia Vitale Paladino, también descendiente de italianos. Tuvieron tres hijos varones, Frederick, Lincoln Henry y Charles, mi padre. Yo soy Italiana.
Mi tío Freddy se casó con Elena Lasnier y tuvo tres hijos, Ricardo, Alfredo y Adriana.
Harry se casó con Mabel Anzuela y tuvo dos hijos, Magdalena y Harry.
Mi padre se casó con Eloísa Roso Prémoli y tuvo dos hijas, mi hermana Sandra y yo.
Tengo pocos recuerdos de mi infancia, pero los que quedaron grabados en mi mente fueron los largos e interminables veranos que pasábamos todos en la casa de La Laguna; en Punta del Este.
Comenzaban al terminar el año escolar y finalizaban una semana antes del comienzo de las clases del año siguiente, en marzo.
Recuerdo los amigos de mis abuelos, los Aznares, Lyl y Carlos; Naná y Wilson, los Bidegaray y su hija Marina, Gino Lorenti. La trouppe de los Jaume, los Hill, los García y los Guadalupe, que jugaban con nosotros.
Hay gente que no voy a olvidar jamás, María Inés Arizmendi, Rosana Campo, Rosina Montero, Martita García Lenguas, Cecilia Regules, Teresa Zumarán, Juan y Pancha Alonso, Marcela Chiarino, Armando Wegbrait, Maria Roca.
Todos fueron apareciendo a lo largo de mi vida y fueron clave en la misma.
Hay tantas personas en mi mente, tantos lindos recuerdos.
Del Colegio recuerdo mucho a María Lohigorry y hoy 2 de mayo del 2000, tengo especialmente su imagen tan clara, tan viva, tan fresca y sin embargo tengo un dolor muy fuerte que me quiebra en dos; acabo de enterarme de que su hermano Robertito falleció hace una o dos semanas.  Fuimos a la casa de Hernán Taiana, tienen un Restaurant “Bistro de Mar”,  entre La Barra y Manantiales. Su mujer Renata conocía a Pablo, ella nos contó sobre Roberto; pero todavía no lo puedo creer, me parece imposible. Él era tan especial, lleno de vida, de alegría, siempre feliz, atento. Me parece verlo en uno de sus cumpleaños en un Club sobre uno de los lagos de Parque Miramar hace unos pocos años. Y el año pasado lo vi en TV, hablando sobre el agro, tenía cara de preocupado.
Llegamos a casa en José Ignacio y mi marido no hablaba, se le llenaron los ojos de lágrimas, después se fue al mar, y caminó durante horas. Me gustaría poder abrazar a María y decirle cuanto lo siento.
Otra compañera del Colegio, Elena Nogués, se casó con un querido amigo de mi marido, Alejandro Mahilos. A Elena la recuerdo como siempre a la defensiva, retraída  pero buena, sin embargo este verano hizo algo que me dolió mucho. Pablo llamó a su casa para hablar con Alejandro, él no estaba, la mucama  dijo que nos pasaría con Elena, pero se escuchó la voz de Elena diciendo que dijera que ella había salido. Hay tanta más gente que está en mi mente, irán apareciendo como lo fue en la realidad.
De la familia de mis abuelos a los que recuerdo con mas cariño son; a  Mary Paladino, sus hijos Cesiño y Celita; Tito y China, tío Yankee y Sara y su hija Petruscka Vitale; Romeo Giuria y María Rosa Cea y sus hijas Elena, Cristina y  Nené. A Nené apenas la recuerdo, vivía en el campo y estaba casada con un estanciero de apellido Borges. Elena, casada con otro estanciero, José María Correa era  la más linda de todas y la confundían con Grace Kelly. Tuvieron  dos hijas maravillosas, Soledad y María Pía, dejé de verlas hace ya muchos años. Y la más chica, Cristina, casada con Jorge Berembau, tenía tanta diferencia de edad con sus hermanas que la considerábamos como una prima. También casada y con dos hijos y una hija. A ella  por vivir en la misma zona y veranear en el mismo lugar se podría decir que era a  la que más veía.
A toda esa trouppe que pocas veces se juntaba para alguna fiesta tengo que agregar algunos personajes que pasaron por la casa de Antonio Costa 3549, la casa de mis abuelos.
Recuerdo con mucho cariño a “Gino”, su nombre verdadero era Italo Lorentti, siempre riendo, contando chistes, jugaban cartas durante horas, se reían, se insultaban, y siempre tuve una  duda; si alguno de ellos hacía trampa.
Lo que más me fascinaba de mi abuelo era la tranquilidad que tenía para decir lo peor como algo natural. No recuerdo haberlo visto realmente enojado, ya que después del rezongo siempre había una sonrisa cómplice. Pensándolo bien, él seguía siendo un niño al igual que nosotros.
Abuela era una señora grande, gruesa, lo cual no le quedaba mal y a pesar de no tener una figura que la favoreciera siempre estaba elegante. Pienso que se debía a la simplicidad con que se vestía, ropa sobria hecha con buenos géneros.
Pocas veces la veía de vestido, más bien la recuerdo con una pollera de lino o hilo, un sweater escote a la base con mangas cortas y un saco a juego. Usaba zapatos no muy altos y le fascinaban los sombreros y capelinas al igual que a mí.
Me fascinaba jugar en su vestidor y ponerme toda su ropa, zapatos y hasta sus sombreros.
Tenía una hermana de nombre Dora, le decíamos abuelita, ya que era igual que el personaje de los cuentos.
También recuerdo otros personajes que estarán siempre presentes en mi vida.
Los fines de semana era el momento en que toda la familia se reunía, también venían algunos amigos que eran considerados de la familia. Jugábamos en el estar o el jardín hasta la hora del almuerzo, cuando la querida “negra” Delfina nos avisaba que la comida estaba servida.
Ella  era todo un ejemplar, mal pensada, mal hablada, muy rústica y muy sufrida. Se había criado en un rancho donde seguramente la promiscuidad era tal, que la marcó de una forma  absoluta y nunca  dejó que ningún hombre se le acercara.
Yo pasaba mucho tiempo en el jardín, y cuando no me veían me escapaba al comedor, zona prohibida (a no ser en horario de comidas). Me fascinaba jugar debajo de la gran mesa, el mantel la cubría totalmente, y yo me imaginaba que era una gran casa con cortinados hasta el piso. No sé por qué, pero siempre me sentí segura teniendo algo sobre mi cabeza, un techo, un sombrero, algo.
También me gustaba salir por la ventana del cuarto de huéspedes, subirme al techo y desde allí dar la vuelta a toda la casa caminando por el borde del pretil.
Recuerdo como si fuera ayer una tarde de otoño;  abuelo caminaba por el jardín, llevaba su pipa en una mano, la otra en un bolsillo del pantalón, una camisa de manga larga y un chaleco de lana inglés, una pequeña golilla de seda al cuello.
Yo estaba parada en el borde del techo, en mi mano tenía un paraguas grande y negro de abuelo. Él seguía caminando mirando el pasto; de repente alzó su mirada,  me vió, al principio no dijo nada, luego con mucha tranquilidad me preguntó; ¿Patricia, qué hacés ahí? Yo le contesté al tiempo que abría  el paraguas, “ voy a volar como Mary Poppins”.
Aspiró una gran bocanada de su pipa, luego me miró con sus penetrantes ojos azules, levantó muy alto su mirada al cielo y muy suavemente me invitó a charlar con él.
Yo todavía estaba parada en el techo con el paraguas en mi mano derecha, haciendo equilibrio para no caerme. Dulcemente me insinuó que sería mejor que me sentara en el borde para así poder hablar tranquilamente,  recién en ese momento y cuando ya había dejado el paraguas a un costado y se aseguró de que ya no corría ningún peligro me explicó que Mary Poppins podía volar porque era ficción en una película, pero que si yo trataba de hacer lo mismo, lo único que iba a conseguir era romper su paraguas negro que él tanto quería y seguramente también alguno de mis huesos.
Muy lentamente subí por las tejas, llegué hasta el balcón del dormitorio de huéspedes y entré a la casa.
Recuerdo algunas pocas cosas de la época de colegio. No era de las más aplicadas. Estudiada cuando calculaba que me iban a llamar al frente y como tenía muy buena memoria  por lo general no tenía demasiadas dificultades.
Era  integrante del coro del Colegio, y aunque no sea de buen gusto decirlo, tenía una de las mejores voces. No me gustaban los deportes, ni las matemáticas. Dibujo era mi clase preferida pero también me aburría, ya que mientras los demás hacían un sólo dibujo yo podía hacer tres. De las otras materias, la que me fascinaba era manualidades.
Tenía bastante problemas por decirlo de alguna manera con algunos profesores. Esos típicos que decían que tal o cual cosa era así, porque sí y punto. Con esos tenía una guerra, ya que el típico “es así porque yo lo digo”, para mí nunca existió y no existirá.
Desde muy chica supe que todo en este mundo tenía una razón de ser, estar, existir.
Los años me dieron la razón, y aunque muchas veces me equivoqué como la mayoría o cualquier ser humano, tengo una gran virtud y es la de reconocer mis errores, cosa que los demás no hacen muy a menudo.
Es increíble y muy extraño, vivir en un lugar dónde todos se creen perfectos, llenos de virtudes, nunca se equivocan y todo lo que hacen y piensan está bien.  ¿ Suena raro, verdad? ¡Más que raro, suena a hipocresía, a mentira! Espero que estemos a tiempo de parar esa carrera desenfrenada por el poder, el dinero. Ese dinero que necesitamos para vivir decentemente, cosa que no todos pueden hacer en este país. Ese dinero que para unos es el pan de cada día, la alegría de poder dar a sus familias lo que necesitan, la felicidad.
Pero que para otros en cambio es el sinónimo de poder. Ese poder que es tan mal usado que da miedo y lastima saber que estamos en manos de gente tan inescrupulosa y corrupta que lo usa para y con cualquier fin, y especialmente los señores llamados “white collar criminals”, más conocidos como ladrones de guante blanco. Se preguntan ¿quiénes son?, basta con prender el televisor, seguramente va a poder ver a alguno en vivo y en directo hablando de lo que hay que hacer y dejar de hacer, y hablan con tal convicción que ellos mismos están convencidos de que los disparates que dicen tienen sentido.

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