Cuando llegué a casa Pablo me esperaba. Ahí estaba él, huidizo, asustado, Con sus cuatro meses, su cuerpo perfecto, un boxer puro; hijo de Hanson, un perro importado de Estados Unidos, con una línea de sangre ejemplar. Su color ámbar, sus guantes blancos, su piel suave y atigrada y su pecho ancho con una mancha blanca. Realmente era un ejemplar magnífico, pero mucho más allá de su raza, ya que lo que él era; pasaba por su energía.
Ludovico había llegado a nuestras vidas.
No reconocía mucho la casa a pesar de que Pablo lo había ido a buscar por la mañana, se había caído adentro de la piscina, todo en el lugar le resultaba nuevo, incluso yo. Sus orejas habían sido operadas y todavía tenía puestos los cucuruchos para mantenerlas derechas.
Empezamos a jugar, a conocernos, nos tiramos en la cama, dimos vueltas, jugábamos los tres como si fuéramos niños. Su energía ya había llenado nuestra casa, nuestras vidas, nuestro futuro. Hacía travesuras como cualquier cachorro, pero siempre atento a lo que pasaba alrededor.
Él fue mi mimado de siempre. Luly esperaba a que terminara de ducharme en la puerta del baño, me acompañaba de compras y hasta venía en el auto cuando me iba a hacer ecografías para coordinar mis FIV. Siempre estuvo con nosotros.
Muchos de nuestros amigos decían “ quién fuera perro en lo de Pablo y Patricia”. ¡Que amigos! Muy buena gente, estuvieron siempre que hubo fiestas y dinero, ¡ Sex and drugs and rock and roll!
Tenía todo lo que quería, los juguetes, la mejor comida, los mejores medicamentos y veterinarios; el mejor handler, Sergio.
Pero todo eso no valía nada comparado con nuestro amor. Luly cambió mi vida, la de los dos, cambió la energía de la casa, la alegría, el amor. Siempre fue como un príncipe, se sentaba en el asiento del auto y miraba con abolengo por la ventana, era distinguido y muy mimoso.
Al principio, cuando era muy chico salíamos a comer a casa de amigos y volvíamos a ver si estaba bien, si no extrañaba. Él mordía suavemente algunas cosas nuestras y las juntaba en un rincón de la casa, pero sin romper nada. Siempre llevaba ropa que tuviera nuestro olor, nuestro perfume.
Cuando salíamos a comer a algunos Restaurantes de Carrasco lo llevábamos con nosotros, a Dackel, al Viejo Turismo, a La Pasiva. Se portó siempre como un señor. Es más, mejor que mucha “gente” que conozco.
Recuerdo que nuestro gran y siempre fiel amigo, era como un bebe en nuestra casa. Bueno por excelencia, nunca mordió a nadie, pero se hacía entender de tal forma que parecía que nos hablaba.
Una día llegamos al atardecer, había sangre en todo el living, él vino del patio con una mano envuelta en un trozo de sábana, corrí, lo abracé y lo alcé en mis brazos; mientras tanto corría hacia el portón para llevarlo al veterinario. Se portó como era de esperarse en él, perfectamente bien, dejó que el médico le revisara la mano, la limpiara y le hiciera un vendaje a presión.
No entendíamos qué era lo que había pasado, no nos explicábamos.
Pero todo fue tan simple como esto; durante el trayecto Pablo y yo comentábamos lo extraño del accidente, él suspiraba y al llegar empezó a ponerse nervioso. Cuando bajamos del auto entró rengueando, la mucama apareció y cuando nos pusimos a hablar con ella para que nos explicara qué había pasado, quiso morderla. Fue suficiente, fuimos a la piscina y el vidrio del invernadero estaba quebrado. Le habían tirado con una piedra y él en su desesperación atravesó un cristal. Él nos estaba guiando para que supiéramos lo que había pasado, no hablaba, pero parecía que sí lo hacía.
Pensé que estaba alucinando y que era imposible, pero en un segundo pasó por delante de mí un flash de cómo había sucedido todo. Entré en el cuarto de la mucama, ella estaba bañándose, le dije de hablar y la esperé.
Tenía mucho miedo de estar equivocándome, de culpar a alguien inocente, pero la vida es así, todo el tiempo nos muestra el camino y es todo tan sutil que a veces no lo vemos o intentamos racionalizar todo y tener respuestas lógicas para fenómenos que no entran dentro de los parámetros de la lógica.
Debemos mantener nuestros canales de energía siempre abiertos para dar y recibir, y luego todo se da por añadidura.
De todas formas tenía dudas, recuerdo que respiré profundo, muy profundo y en ese momento vi la puerta del dormitorio de la mucama del lado de adentro, estaba toda arañada, casi no tenía pintura y la madera estaba muy deteriorada. Sí, ella lo encerraba en el dormitorio, entonces las dudas se fueron y confirmé lo que estaba pensando para despedirla esa misma noche.
En ese momento empecé a ver cómo la maldad y la falsedad se escondían detrás de una cara agradable, de una sonrisa, de una suave voz. Pequeños detalles que la vida nos muestra y que muchas veces no tomamos en cuenta.
Luly empezó a estar bastante solo y tomamos la decisión de comprarle un hermano. Recuerdo su primer diciembre, le gustaba acompañarme al jardín a buscar jazmines y yo los dejaba por todos los rincones de la casa. A él también le deleitaba ese aroma.
Decidimos pasar su primer Año Nuevo con Luly en Cabo Polonio. Un lugar con médanos y muy pocas casas, sin luz ni agua, un lugar maravilloso y lleno de energía. Marchamos los tres hacia El Cabo. Llegar fue toda una odisea, el viaje era bastante largo y Luly estaba acostumbrado a ir solamente hasta Punta del Este. Hacía mucho calor y el sol estaba muy fuerte, era diciembre de 1994. Mis fertilizaciones no habían dado resultado y yo trataba de ocupar mi tiempo para no pensar en ese hijo que no quería venir. Al llegar a un pueblito llamado Valizas, tuvimos que dejar el auto y alquilar un Jeep, el cual nos llevaría hasta la desembocadura de un arroyo, ahí cruzar en bote y del otro lado subirnos a una camioneta del “francés” un personaje alucinante que nos llevaría a través de los médanos hasta la casita en la playa.
El viaje con el francés fue maravilloso, además de ser un hombre con un gran carisma, atravesaba los médanos con su gran camioneta blanca a gran velocidad, paraba en un médano y nos dejaba absorber la energía del lugar escuchando un concierto de Jean Michel Jarre, Equinox.
Queríamos que su primer fin de año fuera algo especial, y realmente lo fue, ya que al llegar a la casa la misma estaba ocupada por unos chicos argentinos que no tuvieron ni el menor problema por haber llegado dos días antes de lo pactado y dejarnos sentados en la arena.
Si bien recuerdo, esa fue la última vez que fuimos a Cabo Polonio, aunque en cuanto podamos vamos a hacernos una escapada a ese paraíso dónde el único sonido es el del mar, el viento y los lobos de mar.
No muy contentos tuvimos que volver, se sentía la alegría del Fin de Año, la gente irradiaba energía, felicidad. Casi a las 10 p.m. llegamos a Punta del Este, muy cansados por el viaje, agotados.
Cuando sonaron las 12, el cielo se iluminó con estrellas de brillantes colores, nosotros estábamos comiendo en el Sushi y Luly estaba dormido en el auto; pegó un salto, se asustó. Yo corrí hasta él y mirando el cielo y los fuegos artificiales le transmití la paz y felicidad que me daban, miró el cielo, se recostó en mi brazo y se quedó dormido plácidamente.
El amor de ese angelito siempre está con nosotros. “A pesar de que estás a más de 5.000 millas de distancia siempre estás con nosotros”
Escucho tus pasos en el piso de parquet de nuestro dormitorio de la casa de Costa Rica, siento tu mano apoyarse suavemente sobre mi hombro para despertarme, te extraño mucho, con toda mi alma, con todo mi ser. A donde quiera que vaya te llevo conmigo, y a pesar de que sé que la familia que te tiene te quiere mucho, daría todo por tenerte aquí entre nosotros.
Quisiera que supieras que tenés un nuevo hermano que se llama Máximo, un labrador negro como el azabache, que es tan dulce y cariñoso como vos y no tengo duda alguna de que se querrían mucho si estuvieran juntos.
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