viernes, 15 de julio de 2011

La mascota de la familia Giuria, Patricia (Yo)


Con los pocos años que tenía vibraba intensamente mirando una tormenta, respirando profundamente el aire de mar con ese penetrante y típico olor a mariscos  antes del temporal.
Me gustaba ver cambiar un día tranquilo en la furia de un pampero, ver cómo se iba armando en el horizonte ese cigarro negro que arrasaba con todo a su paso. Las gotas de lluvia eran fuertes y grandes. En uno de los últimos pamperos que recuerdo estábamos bañándonos en la playa de la parada 39, lugar de reunión de la familia, ya que Juan Giuria (mi bisabuelo) había sido el dueño de “Los Pinares de Maldonado”, su campo iba por el N hasta el camino Lussich, por el E hasta el arroyuelo de la Parada 31, por el OE hasta la Laguna del Diario, (que podría decir que la considerábamos de nuestra propiedad) y por el S el límite era el Océano.
Casi todos se fueron rápidamente de la playa, pero yo me quedé con mi prima Adriana, mi padre y mi hermana Sandra. El viento era cada vez más fuerte, nos sacudía y la arena nos golpeaba mucho. La lluvia empezaba a ser cada vez más y más, la arena volaba y apenas podíamos ver. Recuerdo oír la voz de mi padre gritando para que Sandra y Adriana se apuraran en correr hacia el auto. Apenas pude sentir que el viento me levantaba del piso, lo primero que pensé fue: “puedo volar”. Entonces fue cuando sentí el brazo de mi padre sujetando el mío, me acercó hasta un mojón de hormigón de los que señalan la ruta.
Escucho claramente sus palabras, cerrá los ojos y pase lo que pase no te sueltes. Yo voy a tratar de traer a tu prima y a tu hermana.
Cuando llegamos a la casa, llovía torrencialmente. Mi madre y tía Ele estaban un poco preocupadas, los demás ya nos conocían. Sabían que nos gustaba desafiar el peligro.
Era una niña muy especial. Estaba convencida de que todo el mundo había ido al Colegio en Londres, como lo había hecho mi abuela y sus hermanos, aunque lo que no me gustaba para nada era pensar que veían a sus padres solamente en los meses de vacaciones. Y sin embargo ahora puedo llegar a entenderlos, siempre fueron muy unidos y a la vez independientes, una familia física y mentalmente sana.
Yo no me podía imaginar algo así, ya que tenía un gran apego por mis padres. Algo que fue cambiando mucho con el correr de los años, sin que eso fuera a cambiar mi amor y respeto hacia ellos, aunque a veces ellos no lo comprendieran así.
Era innato en mí disfrutar de la inmensidad del océano cuando salíamos a navegar, ir a ver  correr regatas, y por supuesto que ganaran los “Giuria”.
El velero de mi abuelo se llamaba Pinta Roja, en honor al tiburón.  Medía  unos 14 metros de eslora, tenía dos mástiles y su casco era Colorado.
Vivía casi cuatro meses en Punta del Este y hasta los dos años viví en la casa de mis abuelos.
De vivir ahí, rodeada por la naturaleza nos mudamos con mis padres a un departamento muy pequeño.
Para  conformarme siempre me decían, está a media cuadra de la playa. La  que jamás me gustó ya que la arena era muy sucia y el agua tenía color café con leche, algo que me revolvía el estómago.
El nuevo “hogar” tenía apenas dos dormitorios y dependencia de servicio. Era todo tan reducido que mi padre usaba la dependencia para poder trabajar haciendo sus barcos a escala, tallas en madera e infinidad de otras cosas,  muchas de las cuales podrían haber sido vendidas a muy buen precio, ya que realmente siempre todo lo que hizo lo hizo muy bien. Pero  en lugar de eso ocupaban un espacio en algún lugar de la casa. Y muy lastimosamente recuerdo a mi abuela materna diciendo: ¿y ésta porquería, por qué no le decís a tu marido que la saque del medio? No sirve para nada, solamente para molestar y tener que limpiarla.
Los amigos más afortunados de mi padre recibieron alguna d e esas tallas de regalo.
Lo que los lectores van a leer es la historia de mi vida. La vida de una montevideana, que no se conformaba con “es así porque yo lo digo”. Una persona muy dulce, por coqueta al no querer usar mis lentes, pasé por antipática dejando de saludar a mucha gente conocida; en realidad no los veía.
Por tener pérdida de audición, pasé por creída cuando alguien me gritaba, ¡hola Patricia! ,y yo simplemente no contestaba ya que el sonido se perdía antes de llegar a mis oídos.
Por ser generosa, se me trató de derrochona.
No me arrepiento de lo que di durante toda mi vida. Para mí regalar era y sigue siendo una delicia,  ya que siempre lo hice de todo corazón.
Y lo peor fue que por ser muy compañera de mi marido; salíamos juntos no sólo a comer, al supermercado, al Centro, al Banco, a Remates, al veterinario, de viaje, etc., se me trató de Cómplice.
Una palabra con mucho peso, y muy dura, demasiado para una mujer que el defecto más grande que tuvo fue “Amar” con todas las letras y con toda mi “alma” a mi querido marido Pablo.

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