Era un magnífico día de octubre, recuerdo la época ya que el aire estaba tibio, el aroma de las flores inundaba toda la casa y el jardín, la mañana era clara. Fui hasta la piscina y me quedé mirando aquel color celeste del agua, me hundí, me deslicé, floté y dejé que mi cuerpo y el agua se hicieran un todo. Floté de espaldas mirando el cielo y me elevé hasta el sol, el cual empezaba a desaparecer muy suavemente detrás de una nube. Me encontraba pasando por un período muy especial de mi vida, justamente de eso se trataba, ya que por todos los medios deseaba tener un hijo. Comenzar una nueva vida dentro de mí, fruto del verdadero amor entre un hombre y una mujer, la continuación de nuestras vidas a través de un ser totalmente independiente y diferente a nosotros dos.
Salí rápidamente del agua y me envolví en una suave y esponjosa toalla que acarició mi piel.
Siempre tuve vivencias de ese tipo, recuerdo que cuando era niña me daba felicidad acostarme sobre el pasto recién cortado mirando pasar las nubes y dejarme llevar hasta fundirme en un todo con el Universo.
Me preparé para lo que sería un día fascinante; mi amiga Elena pasaría a buscarme para pasar todo el día en un retiro espiritual.
Lo recuerdo como un día pleno, lleno de amor y luminosidad.
Al llegar a aquel lugar, miré alrededor y vi una gran Iglesia de ladrillos. Tenía una galería con arcos y columnas por las cuales subían magníficas enredaderas de Santa Ritas, el ambiente era tranquilo, se podía sentir la energía positiva que había no sólo en el lugar sino en la gente que iba llegando. Estabamos vestidas con ropas simples, sueltas, las cuales nos daban gran libertad de movimiento.
De la gente que llegaba solamente conocía a una señora llamada Sara, la miré, me acerqué y recuerdo vivamente el brillo de sus ojos; le dije quién era y con una sonrisa mezcla de paz y amor sentí que me aceptaba.
Parecía increíble, ella era la madre de conocidos míos; gente de mi edad. Pero es que la vida es tan simple como eso, no hay tiempo ni edad pues somos hijos del Cosmos y en ese momento Divino en que nos unimos a un todo dejamos de ser nosotros mismos para ser parte de la energía total del Universo.
A pesar de que el sol había quedado detrás de una suave niebla se sentía una tibieza especial, casi como una caricia.
Nos reunimos en el centro del jardín y empezamos a hacer suaves ejercicios de yoga.
Flotábamos, reíamos con esa complicidad que tienen los que no necesitamos palabras para saber lo que está pasando. Después de un rato hicimos una relajación profunda, algunos quedaron casi dormidos en un estado de semi inconsciencia. Muy lentamente nos pusimos en movimiento prestando mucha atención a cada parte de nuestro cuerpo, como si lo estuviéramos redescubriendo.
Miré a Elena, su cara estaba con esa placidez que solo los que la han experimentado pueden entender, su piel resplandecía.
Empecé a caminar por el jardín y me dejé llevar por mis sensaciones, me sentía en otro lugar, en otro tiempo y espacio. Olvidé por completo que detrás de esos muros existía una realidad gris, una ciudad simple, gente con muchos problemas y dramas.
Me sentía más liviana que una pluma, es más podría asegurar que levitaba, ya que al caminar mis pies no rozaban el césped. Podía pasar desapercibida o simplemente integrada a un todo.
Pensaba en cómo sería nuestro hijo, iba a hacerme una FIV muy pronto, casi podía ver su cara de ángel, su color rosa pálido, sus ojitos llenos de vida.
Al rato fuimos adentro y nos sentamos en posición de loto con una especie de collar de cuentas color lacre que usaríamos como mantra para nuestra meditación, después de la cual podríamos contar nuestras experiencias si así lo queríamos. Creo que meditamos por mas de dos horas, pero lo que sentimos fue tan maravilloso que me hubiera gustado que siguiera toda la vida.
Por supuesto sabía que eso era imposible ya que vivimos en un mundo en el cual debemos mantener un equilibrio entre lo espiritual y lo terrenal, pero muy dentro de mí algo me decía que había empezado un cambio a nivel mundial, podía sentir que la gente buscaba día tras día algo más profundo que lo que nos puede dar una vida llena de dinero, satisfacciones materiales y fiestas frívolas; a las que irónicamente siempre decíamos que no íbamos, pero llegado el momento éramos de los primeros en llegar.
Hoy, cinco años después puedo cerrar mis ojos y volver a tener las mismas vivencias, sentir la misma energía y ver la luz Divina de aquel día.
Y todo eso lo tengo gracias a Dios.
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